miércoles, 29 de agosto de 2012

La Tribu Perdida de los Sith #9: Pandemonio (XII)


12

Sus'mintri había comenzado siglos antes como otro puesto militar en el borde de la meseta, con vistas al territorio que se extendía hacia el mar bajo el Escudo Occidental. Sin embargo, su ubicación entre las posiciones defensivas costeras y el centro industrial lo colocaba en el centro neurálgico de las señales de comunicación de Alanciar... exactamente donde el Gabinete de Guerra quería estar.
Hasta hacía diez años, los líderes de los diversos directorados militares, industriales y educativos se reunían por separado. La Casa de Vaal en Sus'mintri unificó las operaciones consolidadas en un anodino chalet de ladrillo de un piso de altura... discreto, si no fuera por el colosal silo blanco que se alzaba a su lado en el gran patio amurallado. A diferencia de la torre de Jogan en Punta Desafío, la torre de la Casa de Vaal tenía múltiples niveles de luces de señalización, apuntando en todas direcciones. Los ocupantes de la Casa de Vaal podían comunicarse con cualquier persona, desde los trabajadores de los astilleros en el lejano noreste hasta los guardias en su propia puerta, separados tan sólo por un camino polvoriento.
Una guardia keshiri vestida de marrón miró a la torre de señales, y luego otra vez a Quarra. Hablaba en voz alta para hacerse oír entre los silbidos de alarma.
-Me dicen que les deje entrar, Jefa de Sección. -Golpeó en el carro con su arma-. A ambos -dijo con nervioso desdén.
La puerta se abrió, y los muntoks del carro de Quarra caminaron al interior. Las puertas apenas llevaban cerradas un instante cuando Edell se asomó por debajo de la lona en la parte trasera.
-¿A ambos? ¿Qué significa eso?
-No... no lo sé -balbuceó ella, bajando de su asiento. Él tenía su sable de luz en la mano. El largo camino desde Uhrar había dejado a Quarra con los huesos cansados, y a Edell cada vez más nervioso; Quarra esperaba que eso amortiguase la ventaja del Sith en caso de que les esperase una trampa.
Casi esperaba haber sido recibida por escuadrones de tiradores, en espera de su entrega. Pero las únicas cosas en el patio eran ella y su carro. Un mal olor flotaba en el aire. Arriba, las luces de señales en la torre parpadeaban en silencio.
Y la puerta a la Casa de Vaal estaba abierta de par en par.
-Esto no me gusta –dijo, sin pretender ser escuchada.
-Ya somos dos -dijo Edell, deslizándose por el costado de la carreta y cayendo con un ruido sordo en el suelo. Agarrando el hombro de Quarra, volvió su rostro hacia él-. No sólo te esperaban a ti, ¿verdad? Me estaban esperando también a mí.
Mirando en todas las direcciones, salvo a él, Quarra luchaba por encontrar las palabras.
-Nunca me dijiste lo que querías hacer aquí. “Recorra la región, visite la capital, conozca al Gabinete de Guerra”. -Se encogió de hombros-. Soy una burócrata, Edell. No puedo dejarte pasar sin más por la puerta principal.
Edell la miró sombríamente durante un instante antes de esbozar una sonrisa.
-No, soy yo quien va a hacerte pasar por la puerta principal. Lanzó el impermeable al suelo y encendió su sable de luz-. Como siempre... tú primero.
Los keshiri del pasillo llevaban muertos por lo menos un día, tal vez más. Quarra reconocido sus uniformes de oficina: un par de guardias en primer lugar, seguidos por una mezcla de administradores y asistentes conforme avanzaban. El edificio no había sido asaltado; no había evidencia de una defensa vigorosa en la puerta. Solamente keshiri, sorprendidos y mutilados. Algunas de las marcas de quemaduras le parecieron heridas de sable de luz. Pero no todas.
Se tapó la boca.
-Yo trabajaba con esta gente.
-Ya no -dijo Edell, pasando por encima de los cadáveres. Miró hacia el pasillo, alerta-. Esta planta no es nada, ¿verdad? Todo lo importante se encuentra bajo tierra.
-Sí -dijo ella, deseando haberse atrevido a coger a escondidas un arma cuando visitó su oficina. Ya se había acostumbrado a la malicia de Edell, pero lo que allí se sentía era un mal generalizado. Y se estaba propagando.
Las lámparas incandescentes ya estaban encendidas al pie de las escaleras. En el pasillo principal encontraron una sala de estar, agradablemente decorada excepto por los guardias keshiri muertos que yacían al pie de un gran tapiz. Edell miró la imagen. Una anciana mujer keshiri. Su escaso cabello blanco enmarcaba una expresión cansada, demacrada.
-Qué mujer tan fea -dijo.
-Lo dices sólo porque sabes quién es –dijo-. Adari Vaal.
Ella había estado de pie muchas veces en esta sala a la espera de ver el Gabinete de Guerra, admirando el tapiz que estaba bajo vigilancia permanente. Mostraba a la gran keshiri con el aspecto que tenía al final de sus días, no la joven figura de los relatos históricos. La pura resistencia sugerida por la imagen había servido en el pasado para animarla.
Ahora los guardias de honor del tapiz estaban muertos... al igual que todos los demás. La sala de reuniones del Gabinete de Guerra era un depósito de cadáveres, con todas las grandes figuras de la política Alanciari tendidas bajo la mesa o sobre ella. Una vez más, no había señales de una última resistencia. Quien fuera que había entrado, había llegado en la noche, y con total sorpresa.
-No -dijo Edell, abriendo de par en par sus ojos dorados-. Él no se quedaría aquí. Sígueme.
-¿Quién?
-Sólo sígueme... ¡y mantente cerca!

***

Korsin Bentado estaba sentado en una silla de respaldo alto, con el aspecto de un aracnoide en una red en la selva. Y era una red, en efecto. Momentos antes, Quarra había llamado a esa sala el “observatorio mundial”, y Edell había estado todo el tiempo seguro de la existencia de un lugar semejante. Todos los comunicadores tenían que estar enrutando sus mensajes en algún lugar. Había supuesto que habría nodos secundarios; una elección sensata, por razones tanto de velocidad domo de redundancia. Pero conforme veía la naturaleza marcial de la vida Alanciari, se dio cuenta lo centralizada que estaba. Un mensaje de Punta Desafío al Cuello de Garrow podría ser una conexión directa, pero todo lo demás se enrutaba antes a través del centro.
El centro estaba aquí, y Bentado estaba en él, con aspecto muy cambiado. Su cabeza llevaba las cicatrices de quemaduras de varios días de antigüedad. No eran debilitantes, pero sí obviamente dolorosas... sus cejas tupidas habían ardido por completo. Su uniforme estaba manchado de rojo y púrpura.
-Has sobrevivido -dijo Bentado. Su voz profunda sonaba más dura de lo que Edell recordaba-. Me imaginaba que serías tú a quien sentía. Entra, Vrai. Mira lo que hemos hecho con este sitio.
Edell cruzó la puerta, protegida a ambos lados por los secuaces Sith de Bentado. Quarra esperó nerviosamente detrás.
-Trae a tu guía -dijo Bentado, haciendo una mueca mientras se levantaba-. Ella es la razón por la que estás aquí.
Edell desactivó su sable de luz y tomó a Quarra de la muñeca para llevarla al interior. En efecto, era la habitación que había sospechado. Una gran instalación redonda enterrada debajo de la torre, con personal subiendo y bajando escaleras llevando mensajes. Rejillas de un metro cuadrado de superficie en el techo proporcionaban luz sobre una superficie elevada en el medio de la habitación. Allí había un gran mapa de Alanciar, sorprendentemente similar al que existía en el palacio en Tahv, a excepción de la compleja red de estaciones de señales y fortalezas se indicaba en él.
Edell miró a los mensajeros. A algunos los reconocía de la numerosa tripulación de Bentado en el Yaru, pero otros eran de diferentes buques. En su mayoría, guerreros humanos, pero también había algunos de sus embajadores keshiri en la mezcla... incluyendo a Squab, que trajo un fajo de pergaminos a su amo, que cojeaba.
-Un duro aterrizaje -dijo Bentado-. Cortamos la góndola para liberarla en cuanto superamos el borde de la meseta. -Sonrió con dientes rotos. Tu hidrógeno era una mala idea.
-Nos ha traído hasta aquí -dijo Edell, cada vez más consciente. Este era su lugar, entre los demás Sith... pero algo no estaba bien. Se acercó al mapa, y luego volvió a mirar a la habitación-. Aquí son grandes constructores. Pero esto no puede ser el centro de todas sus comunicaciones.
-No. Hay al menos trece edificios en esta ciudad, procesando mensajes. Encontramos uno después de aterrizar; es lo que nos trajo hasta aquí. Una de las instalaciones incluso recibe mensajes de usuarios de la Fuerza, si puedes creerlo. Pero todos los mensajes importantes se copian aquí... o empiezan aquí. Una vez que encontramos el lugar, era sólo cuestión de conseguir entrar sin llamar la atención. -Se echó a reír-. Habitualmente suelo dejar la delicadeza a los demás. Pero ya puedes ver parte de mi obra por todo el edificio.
Edell miró las escaleras de la torre.
-Así es como has reunido a los demás supervivientes de tu Flota."
-Y te atraje aquí -dijo Bentado, señalando Quarra-. Utilizamos la estación de señales para pedir cualquier cosa, incluso que nos abran las puertas. Una cosa es cuando hacemos que los keshiri nos entreguen alimentos en el interior de la puerta. ¡Pero esos estúpidos también nos han estado entregando sus prisioneros!
Edell miró a Quarra. Esta estaba petrificada con cara de asombro, tapándose la boca con la mano. En sus ojos enormes, pudo ver cómo se filtraba la verdad. La organización que había proporcionado a Alanciar su fuerza había demostrado también su debilidad. Él había tenido la intuición de que esto podría ser posible; era parte de lo que le había atraído tan implacablemente a Sus'mintri. Pero Bentado había llegado primero, y con la misma idea. La gloria sería suya.
-Cancelad las alarmas, en todas partes -ordenó Bentado. Squab corrió de nuevo al pie de la escalera con la orden. Menos de un minuto después, los silbidos estridentes sobre Sus'mintri se detuvieron... como pronto lo harían por todo el continente-. Que todo el mundo se prepare para cuando llegue la siguiente oleada.
-¿La siguiente? -preguntó Edell.
-La siguiente oleada de Sith. Había aeronaves que  se quedaron en Keshtah. Espero que las veamos pronto.
Edell enarcó las cejas.
-Entonces tenemos que avisar a casa antes de que partan. Puede que seas capaz de ordenar a los keshiri de por aquí. ¡Pero creo que, digas lo que digas, los Alanciari seguirán disparando a nuestras aeronaves!
-Estoy de acuerdo -dijo Bentado, sonriendo misteriosamente-. ¡Y eso es exactamente lo que quiero que hagan!

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