martes, 28 de agosto de 2012

La Tribu Perdida de los Sith #9: Pandemonio (XI)


11

La segunda ronda de alarmas no detuvo durante tres días y medio; parecían gritar más fuerte que nunca. Quarra se había acostumbrado al dolor de cabeza. ¡La mitad de la población está hirviendo agua para los silbatos, pensó, y la otra mitad haciendo orejeras para los sordos!
Pero éstos eran sus silbatos, los silbatos de Uhrar. De pie a medianoche en las calles oscuras de la ciudad industrial, se sintió orgullosa de que funcionasen exactamente como se pretendía. Durante años se habían realizado pruebas, pero siempre había habido algunas dudas en cuanto a si los grandes tubos de vidrio resistirían durante una invasión real. Esa pregunta había sido contestada.
Todo Alanciar parecía haber resistido bien, por lo que había visto. Ella y Edell habían escapado del conflicto retrocediendo, pero el resultado de la batalla era evidente. La media luna de aeronaves Sith había sido realmente grande, sesenta buques atacando a lo largo una amplia franja de territorio. Todas menos la dos más septentrionales de las Seis Garras habían quedado al margen, dejando la lucha limitada al Escudo Occidental... un nombre que había demostrado ser algo más que topográfico. Las fortalezas y ballestas en medio de las tierras de cultivo habían destruido la mayor parte de los invasores Sith en el aire. Otros habían sido forzados a descender a tierra, donde fueron abrumadoramente superados en número. Los gritadores de pensamientos informaban que varios Sith todavía seguían libres, y las torres de señales continuaban lanzando destellos frenéticamente. Sin embargo, si los Sith fugitivos eran reales o fantasmas, no era su problema. Tenía que llegar a casa. Había mostrado sus credenciales para requisar un carro de muntoks y equipo. Nadie iba a interferir con una jefa de sección que se dirigía a su distrito. Edell había montado en la parte trasera, fuera de la vista. Después de tres días y tres noches de viaje, habían llegado justo después de la puesta del sol.
Dar una vuelta por Uhrar esa noche la hizo sentir mucho mejor. Había encontrado a sus hijos, dormido, en el refugio de protección de la comunidad: el primer lugar donde había mirado, y exactamente donde se suponía que debían estar. Su personal había hecho un maravilloso trabajo reuniendo a todo el mundo: de hecho, su familia había estado allí desde que las fuerzas de Edell aparecieron hacía más de una semana.
El ayudante de jefe de sección parecía casi decepcionado de verla. La ausencia de Quarra había sido su momento de brillar. Quarra no podía preocuparse por eso ahora. Tampoco necesitaba ver a Brue; con sus hijos a salvo y con tanta munición de vidrio como se estaba utilizando, probablemente había sido enviado de nuevo a la fábrica para un turno nocturno.
Al salir de su oficina, alzó la vista hacia las luces de la estación de señales y respiró hondo. El carro en el que se encontraba Edell estaba estacionado cerca en la oscuridad. Lo encontró sentado en la parte de atrás, comiendo la comida que ella le había llevado antes.
-Tu familia está a salvo –dijo-. ¿Estás satisfecha?
-Sí -dijo ella.
-Mentirosa. -Lanzó un hueso fuera-. Vamos. Este desvío puede haber sido bueno para ti, pero a mí puede salirme caro. Vamos a Sus'mintri.
Quarra trepó al asiento del conductor y tomó las riendas. Edell se deslizó de nuevo en la oscuridad del vagón, de espaldas a ella, con su rostro oculto entre las sombras.
Avanzando ruidosamente por el camino de piedra, miró hacia la oscuridad. Mientras hubiera peligro de ataques aéreos, el apagón -para todos excepto para las estaciones de señales- continuaría. Finalmente, habló.
-¿A qué te referías cuando dijiste que yo tenía más en común con los Sith de lo que pensaba?
Después de pensarlo un instante, Edell habló.
-Me refiero a que lo que te impulsa es el deseo de mejorarte a ti misma... y que sientes desesperación ante la debilidad de los demás. No estaba bromeando. Nunca estás satisfecha. Supongo que eso te ha convertido en una buena jefa de batallón1...
-De sección.
-...una buena organizadora de otras personas. Ves lo que necesita hacerse, y esperas que se haga. Ves la falta de ambición como una falta de respeto no sólo hacia uno mismo, sino hacia los demás. Y hacia ti.
Ella no respondió.
-Este marido tuyo... Casi puedo ver su cara cuando piensas en él. Es un don nadie. Nunca fue, y nunca ha querido ser, más que de lo que es. Te está frenando. Entiendo que eso fue lo que te condujo hacia ese centinela, ese Jogan. Pero aunque él puede tener ligeramente más que ofrecer que tu marido, él también es sólo para tontear una temporada. -El Alto Señor tomó un sorbo de una botella-. Lo estudié, ¿sabes? Cuando era mi prisionero. Puede que tenga un uniforme, pero es un observador, no un actor. Podrías tenerlo, sí, pero pronto te cansarías de él.
Quarra tenía la mirada perdida en la oscuridad.
-Hay mucho más en él que eso.
-Tal vez, pero hay mucho más en ti. Tú lo superas... y él sería un lastre para ti, como los uvaks en mis aeronaves. Y tendrías cortar la cuerda y soltarlo.
-Sí, vi lo que hiciste con los tuyos -dijo, recordando el gigantesco cadáver que había caído del cielo sobre Jogan-. Olvídalo. No voy a tomar una decisión así.
-Esa es una buena noticia -dijo Edell-. Porque, al igual que las aeronaves, cuanto más grande seas, más puedes llevar contigo. El poder no es sólo tener opciones. El poder es ser capaz de decidir si se debe elegir en absoluto. Puedes tener a tu marido y tu pequeña familia... y a tu amante en la torre. Y puedes extender tu autoridad, y hacer que se obedezca tu palabra.
Quarra parpadeó.
-¿Cómo, a tu servicio?
-Sí –respondió-. Pero también a tu propio servicio. Podrías ser Sith, Quarra. Es sólo una cuestión de creencia. Nunca serás realmente un Sith mientras lleves las cadenas de otra persona... pero liberarse de estos lazos menores es el primer paso.
-Yo en tu lugar tendría cuidado –dijo-. Vosotros los Sith, y vuestras aeronaves, podéis estallar.
Bostezando, Edell se tendió en la parte de atrás del carro. Quarra volvió la mirada hacia Uhrar y pensó en la otra cosa que acababa de hacer. Lo que no le había contado a Edell.
Había enviado el mensaje como una pregunta genérica, perfectamente comprensible dado el reciente ataque. ¿Qué debería hacer si un Señor Sith caía en sus manos?
La señal de respuesta de Sus'mintri llegó casi de inmediato: Llevarlo ante nosotros. Sabemos lo que debe hacerse.
No podía haber sido más claro... o más autoritario. Llevaba adjunto el código identificador oficial del Gabinete de Guerra. Imaginaba que ahora mismo el visto bueno estaría saliendo hacia todos los jefes de sección. Se preguntó qué significaba aquello. Seguramente, querrían reunir a los supervivientes Sith. Pero, ¿llevarlos a la capital? Tal vez los anexos secretos a las Crónicas tantas veces reeditadas explicaban alguna manera de frenar con seguridad indefinidamente a los Sith.
Tal vez los querían para ejecutarlos y diseccionarlos.
Miró de nuevo a Edell, que dormía. Tenía tiempo suficiente para llevarlo a la Casa de Vaal para lo que quisiera hacer y regresar con él a la Cala Meori para salvar a Jogan. Pero incluso si lo llevaba a una trampa, todavía podría rescatar a Jogan... y podría tener la fuerza de todo el ejército de Alanciar apoyándola en el intento.
Podría salvar a Jogan... y además ser una heroína, después de haber hecho su trabajo y mucho más.
Tienes razón, Señor Sith. Puedo tenerlo todo.

1 En el original, Edell usa la palabra warmaster (“señor de la guerra”), que suena muy parecida a wardmaster (que yo he traducido aquí como “jefe de sección”). Por eso, he traducido warmaster como “jefe de batallón”, tratando, como en el original, de usar una expresión que suene similar a “jefe de sección”, y que posea una connotación más belicista. (N. del T.)

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