jueves, 23 de agosto de 2012

La Tribu Perdida de los Sith #9: Pandemonio (VIII)


8

Keshtah era el dominio de los Sith. Pero Alanciar, se dio cuenta Edell, era el verdadero imperio.
En su tierra natal, era posible viajar en secreto en algunos lugares, evitando los caminos principales. Aquí, no lo era. El follaje -¡menudos árboles, aquí!- estaba talado a distancia de los caminos de piedra elevados, y había trincheras que separaban a los viajeros de los arcenes. El personal de las estaciones de paso tenía buena visibilidad de largos trechos de camino, observando el tráfico en ambas direcciones. Edell y Quarra se habían deslizado sin ser vistos en una remota carretera de montaña en la oscuridad de la noche, pero dudaba de que fueran capaces de atravesar más territorio de esa manera. Alanciar estaba alerta.
Sobre las colinas, volvieron a sonar agudos pitidos, que parecían provenir de todas direcciones. Todavía no se había acostumbrado a ellos. Los sonidos provenían de todas las áreas pobladas, más fuertes que cualquier cosa que él jamás hubiera escuchado. Quarra le había explicado que eran sirenas de alarma, generadas por el paso de vapor a través de colosales tubos de vidrio. Cada pueblo parecía tener una. Era la mañana del cuarto día desde la llegada de la flotilla de los Sith, y las alarmas todavía sonaban.
Alerta.
Edell vio otra estación de paso más adelante y colocó la capucha del impermeable del marino para tapar mejor su rostro. Su aspecto continuaba preocupándole. El uniforme Alanciar de Jogan había sido demasiado grande para él, y Edell pensó en vestirse con la ropa de los marineros. Pero, en lugar de eso, Quarra le había dado el impermeable, junto con un par de gafas oscuras que había encontrado a bordo del barco para ocultar sus ojos. Eso, y un poco de maquillaje en su rostro, sería todo lo necesario para ocultar su identidad, le había dicho. Edell no podía imaginar cómo eso podía funcionar.
Y, sin embargo, había funcionado hasta ahora. No habían encontrado a nadie en el primer día y noche de viaje, cruzando las montañas boscosas al norte de la Cala Meori. Pero desde el inicio de la marcha en la segunda jornada, habían visto un montón de keshiri... en su mayoría soldados, dirigiéndose al oeste. Todo el mundo les había detenido, y cada conversación había seguido el mismo curso. Ahora, en la encrucijada, se estaba reproduciendo de nuevo.
-¿Qué tenemos aquí? -preguntó el centinela armado, mirando a Edell.
-Uno de los intérpretes para Kerebba -respondió Quarra, mostrando sus documentos de identificación.
-¿Esta noche? Sí, supongo que no le gustaría romper con la tradición. ¡En especial, no ahora! -El centinela dio un paso atrás a su garita y asintió con la cabeza a Edell-. Es bueno, ya lo creo. Seguid adelante.
Guardando los documentos, Quarra tomó el camino hacia el norte.
-Vamos –le gruñó a Edell.
El Alto Señor avanzaba pesadamente detrás de ella.
-¿De qué estaba hablando? ¿Por qué me siguen dejando pasar?
-Ya lo verás.
Él la agarró del chaleco y tiró de ella hacia él.
-¡No estás en condiciones de hacerte la graciosa conmigo, keshiri!
-Y tú no estás en un lugar donde puedas empujarme -dijo. Tras ellos, el guardia de la estación de paso aún les observaba. Había otros en el interior, y una torre de señales con personal estaba a la vista, justo al lado de la carretera-. Basta con que grite “Sith”, y estás muerto -dijo ella con frialdad-. Y, probablemente, diseccionado.
Tras las gafas, los ojos dorados de Edell se abrieron como platos. A regañadientes, la soltó y continuó siguiéndola por el camino. Esa mujer guardaba más de lo que él había pensado.
Estuvo aún más seguro de eso una hora más tarde, después de un largo tramo de silencio. Se dio cuenta de que su humor taciturno no se debía sólo a tener que ser su guía forzada. Al preguntarle, respondió:
-Estoy preocupada por mi familia. -Ella lo miró secamente-. Sabes lo que es eso, ¿verdad?
-Tu familia –dijo Edell-. ¿Tienes hijos?
-Depende. No comes niños, ¿verdad?
Edell entornó los ojos.
-Tus hijos no estaban en la estación de señales. ¿Los mandaste a otra parte?
Quarra simplemente se le quedó mirando.
Las piezas comenzaron a encajar para Edell.
-Ah, ya veo. Tienes un esposo... pero no es ese robusto espécimen púrpura. -Se rió entre dientes-. Parece que no soy la única cosa que tienes que esconder.
Ella volvió la cara y siguió caminando.
-No creo que tenga que ser juzgada por un Sith.
-Oh, no te estoy juzgando -dijo Edell, con brillo en sus ojos dorados-. A menos que sea para decir que tienes más en común con los Sith de lo que piensas.

***

El canal tenía dos carriles para el tráfico, con una sirga blanca en el centro.
-Grande -dijo Edell-. Casi un río.
-Lo fue, una vez. Le hicimos mejoras.
Edell vio como paquebotes y barcazas aceleraban arriba y abajo por los canales, uncidos a grupos de las bestias que Quarra llamaba muntoks.
-¿Cómo pueden los barcos ir tan rápido? -preguntó. Había estudiado la idea de desarrollar un sistema de canales similares para carga, allá en su hogar, coincidiendo con las reparaciones de los acueductos elevados. Finalmente se había dado por vencido. El tráfico rápido causaba olas que dañaban el revestimiento de las paredes.
Mira más de cerca.
Arrodillándose, Edell tocó el liso lecho del canal.
-¡Hormigón! –Los keshiri de donde el provenía conocían ese compuesto (disponían de cemento, grava, y agua en abundancia), pero que rara vez lo utilizaban, prefiriendo trabajar con losas de piedra pulida. Si llegaban a usarlo alguna vez, lo mantenían fuera de la vista. Sin embargo, los keshiri de Alanciar parecían haber revestido todo su sistema fluvial con él-. ¡Esto debe de haber tardado siglos!
-Tuvimos tiempo.
Edell cruzó el puente con ella, tolerando antes una nueva e intrigante conversación con un centinela. El Alto Señor todavía no tenía idea de lo que estaban hablando, pero no sentía ningún engaño por parte de Quarra. Edell le había dado instrucciones para llevarlo a la sede del gobierno, y ella parecía estar cumpliendo. La mayor parte del continente estaba hacia el noreste, y habían estado zigzagueando en esa dirección durante horas. Ella también se estaba tomando más libertades, explicando detalles acerca de su mundo, tal vez pensando que las vistas estaban haciendo mella en él.
Él había tenido cuidado de no darle motivos para pensar eso; después de todo, su gente había venido de las estrellas. Y a pesar de que los años de estudio del Presagio no le habían acercado nada a ser capaz de replicar una sola cosa del interior de esa nave antigua, ni los molinos de agua, ni las fortalezas de ladrillo, ni los ríos pavimentados escapaban a su comprensión. Sin embargo, el hecho de que existían aquí sí lo hacía. Era difícil de creer que la gente que los había creado eran de la misma especie que los keshiri que conocía. ¿Cómo habían llegado a ser así?
-Ya estamos -dijo Quarra-. Kerebba. Es lo más lejos que llegaremos hoy.
Kerebba era la ciudad más grande que había visto hasta ese momento; monótona y poco atractiva. El hormigón no era sólo para los canales; Los alanciari vivían en bloques sin alma del mismo material. A medida que el sol desaparecía sobre un horizonte gris, una oscuridad deprimente inundó las calles. Y, como siempre, sonaba ese maldito pitido... ahora, más fuerte que nunca.
-No quiero pasar la noche en una zona poblada -dijo, alzando la voz mientras se acercaban a la plaza del pueblo.
-No podemos ir más lejos. Las carreteras estarán cerradas.
-¡No se cerraron ayer por la noche! ¿De qué estás hablando...?
Edell se quedó sin palabras, asombrado. Miró a los tubos en un techo cercano. Los silbidos se habían detenido. Preocupado, trató de tirar de Quarra para tenerla más cerca, pero fue empujado por una multitud de keshiri, jóvenes y viejos, saliendo a las calles. La mayoría iban de uniforme, como los que había visto a lo largo del camino, pero no todos. Pudo ver que algunos estaban vestidos de forma relativamente festiva, en colores brillantes. Más keshiri entraron en la avenida, charlando y riendo. Por un segundo, le pareció ver a un ser humano...
-¡Aquí hay uno! -gritó Quarra, retirando la capucha de Edell. El Alto Señor se quedó inmóvil, atónito, mientras los keshiri a su alrededor se quedaban boquiabierto. Metió la mano al interior del impermeable, donde su sable de luz colgaba de su túnica. Pero justo cuando agarró el arma, la multitud se echó a reír.
A reír. Dando vueltas alrededor, la gente del lugar abucheó y gritó, señalando al rostro expuesto del recién llegado, más pálido y más rosado que el de cualquier keshiri. Por debajo de las gafas, Quarra había aplicado a Edell un poco de maquillaje improvisado pintándole negras arrugas de ira, dándole un aspecto amenazador. Ahora estaba tirando de la parte posterior de la chaqueta, quitándosela para descubrir sus vestimentas... y el arma inactiva.
-¡Es genial! -exclamó un espectador-. ¡Mira su color!
-¡Incluso tiene un sable de luz!
Exclamaciones de alegría surgieron de la muchedumbre... exclamaciones que pronto se convirtieron en burlas, a su costa. Y ya no sólo a consta suya. Aturdido, Edell pudo ver otros keshiri bailando en las calles, vestidos de negro con sus rostros pintados en una variedad de tonos distintos del púrpura.
La multitud se volvió loca.
-¡Los Sith! ¡Los Sith!
Las gentes disfrazadas huyeron hacia la oscura plaza, donde se había creado un gran escenario. Empujado por la multitud, Edell no tuvo más remedio que seguirlos... y quedó cegado cuando una luz brilló desde arriba. En grandes trípodes, globos colosales ardían con gran resplandor, con alguna sustancia luminiscente de su interior reflejada y amplificada una docena de veces. De pronto, podía verse todo Kerebba. Y, al parecer, todo Kerebba se dirigía hacia allí.
Luces, pensó Edell, mirando hacia arriba. Korsin vio un continente iluminado.
Miró hacia ambos lados, dándose cuenta de repente de que había sido separado de Quarra. No, allí estaba ella, abriéndose camino hacia él... y sonriendo con aire de suficiencia. Más adelante, los disfrazados se estaban subiendo a la tarima, preparando algún tipo de representación.
-Así que por eso me llamaban intérprete. -La miró fijamente-. No voy a subir ahí arriba.
-No tienes por qué hacerlo -dijo, haciendo un gesto. Había "Sith" también entre el público, gruñendo a los asistentes y recibiendo abucheos de entusiasmados niños uniformados-. Tan sólo sé desagradable, sé tú mismo.
Edell vio como los keshiri levantaban decorados en el escenario. Rocas. Olas pintadas. Un barco de vela de gran tamaño. Dos keshiri se unieron en un disfraz de uvak.
-Creíais estar bajo asedio –dijo-. ¿Y lo detenéis todo para una obra de teatro?
-Aquí, y en todas las ciudades de Alanciar. Es el Día de la Observancia. No lo van a cancelar a causa de vuestra invasión. -Ella parecía hincharse de orgullo conforme hablaba-. Especialmente no a causa de eso.
-No creo que sea gran cosa -dijo. Los keshiri de su hogar llevaban a cabo lujosas pantomimas, usando ricas libreas y actuando en estancias de mármol. Los espectadores rara vez eran escasos, ya que el teatro siempre había sido propaganda útil para uno u otro Sith. Las compañías de la ciudad capital habían mantenido sus estándares, incluso cuando la civilización que las rodeaba había decaído, parando sus producciones sólo durante los disturbios de un cuarto de siglo antes. Habían sido una parte importante de la restauración del orden civil, también, difundiendo la noticia de lo que Hilts había descubierto en el Templo de la montaña. Pero este teatro callejero al aire libre parecía amateur, su vestuario no era en absoluto digno de Tahv.
Estaba a punto de decirlo en voz alta cuando, en el escenario, el barco de atrezzo se agitó de pronto en una tormenta imaginaria. La roca falsa se alzó para bloquearle el paso, y una mujer keshiri apareció detrás de ella. El público aplaudió su llegada. Vestida con una armadura de cuero, sostenía en alto un brillante bastón de cristal con un reluciente orbe en la parte superior... una versión en miniatura de las luces que iluminaban la plaza. El agitado barco se detuvo de pronto y cayó plano en el escenario, revelando actores vestidos como los marineros que Edell había visto. Al ver el bastón de la mujer, se encogieron. Un silencio cayó sobre la multitud.
-Yo soy Adari Vaal... ¡y yo soy la Roca de Kesh!
-¡Adari! -Edell no pudo evitar dejar escapar el nombre, dándose cuenta al hacerlo de que los ojos se volvían hacia él. Se quedó paralizado. Quarra le miró con urgencia. Edell se agachó avergonzado, y la atención se volvió hacia el escenario. Se preguntaba si había escuchado bien.
En el escenario, obtuvo su respuesta.
-Yo soy Adari, la Roca y el Heraldo. Salvadora e Hija Perdida. Aliada de los Tuash Luminosos, legendarios portadores alados de misericordia -dijo la actriz-Adari-. Arrojada desde muy lejos, me he alzado del mar para traeros nuevas de miedo y asombro. ¡Yo soy la roca que se ha alzado desde el mar, y os hablaré de la inundación que ha de venir!
Edell se quedó boquiabierto. Adari Vaal. Confidente de Yaru Korsin, o su juguete, en función de qué historia se creyera. La mujer que había intentado una insurrección keshiri... y que había huido hacia una muerte en el océano. Miró a su alrededor. Los keshiri que se encontraban allí parecían haber escuchado el discurso antes. Algunos estaban formando en silencio las palabras en sus bocas mientras la actriz hablaba.
-Hay enemigos más allá de vuestro conocimiento, gente de Alanciar. No podéis verlos, porque están más allá de la vela de vuestra nave más lejana. No podéis oírlos, aunque pueden pronunciar su mal en peligrosos susurros que se escuchan en el aire.
Edell refunfuñó al oído de Quarra.
-Esto es palabrería retórica. Debería explicar claramente su significado.
-Es una ceremonia –susurró-. La hacemos cada diez años. Diez años fue la duración de la resistencia secreta de Adari contra la Tribu –dijo Quarra... y en el escenario, la oradora estaba hablando de esa Tribu, y su maldad. Los intérpretes Sith surgieron en el escenario, detrás de la misma roca. El público silbó y abucheó.
Adari levantó su bastón hacia el cielo.
-Sí, los Sith son los Destructores que se habían predicho... ¡pero no temáis! Porque yo he visto vuestra Alanciar, y es superior a Keshtah, en todos los dones de la naturaleza. -Se acercó al perímetro del escenario, apuntando hacia fuera-. Superior en los productos de vuestros bosques: buenas y fuertes maderas para barcos de vela. Las junglas de Keshtah albergan poco que pueda soportar peso. Superior en las criaturas del campo: el poderoso shumshur, el veloz muntok. Aparte del uvak, Keshtah no tiene criaturas a las que uncir un yugo.
-Nos las comimos todas –exclamó un Sith de pacotilla del escenario, arrancando carcajadas del público. Llevando sus brazos ante él para simular una tremenda panza, se contoneó por el escenario levantando gritos y exclamaciones despectivas.
-¡Estúpidos, estúpidos!
Adari sonrió.
-Sí, eso también: Alanciar es superior en la inteligencia de su pueblo. Con caldo de llamas y espejos creasteis los globos de fuego, para mantener vuestros caminos y hogares iluminados. Vuestros canales os proporcionan transporte. ¡La industria lo alcanza todo en Alanciar!
Edell miró a la multitud de espectadores mientras continuaba el recitado de éxitos. Hasta ese momento, se había acorazado ante las vistas de Alanciar; hacía ya tiempo que sospechaba que este lugar era más avanzado. Pero ahora, rodeado por el enemigo, sintió una gran intranquilidad. Había crecido en una Tribu que había perdido su camino. Nada había sido seguro. Por eso le habían atraído tanto la arquitectura y la ingeniería cuando era un adolescente: ambas tenían reglas, fijas e incuestionables.
Sí, la Restauración había reparado mucho del daño realizado, dando a los Sith algo en lo que volver a creer... pero los keshiri de Alanciar nunca habían dejado de creer, desde que Adari Vaal los visitó dos mil años antes. Examinando los rostros a su alrededor, Edell vio certeza y seguridad.
¿Por qué no habré nacido aquí?
-Os enseñaré el lenguaje de los malvados. Lo hablaréis como vuestra lengua nativa, para poder conocerlos cuando lleguen. Y os daré otro presente –dijo la oradora, bajando el bastón brillante en la dirección de los marineros keshiri-. La ventaja de los Sith es un poder conocido como la Fuerza. ¡Es un poder que algunos de vosotros ya tenéis, en vuestro interior! –Cuando el globo de fuego tocó al primer marinero, este se despojó de su disfraz externo para revelar una vestidura blanca y satinada, con brillos dorados-. Yo no tengo el poder. Pero vosotros podéis tenerlo... y ahora, sabéis cómo detectarlo. ¡Sois los Protectores de Kesh!
Sonrió con benevolencia y observó a la audiencia.
-Y aquí estáis vosotros también. Habéis luchado la primera batalla –dijo, añadiendo algo nuevo para obvio regocijo de los presentes-. Habéis vencido. Y venceréis de nuevo. Declaro este día el Día de la Observancia. Siempre estaréis observantes. Y, algún día, ¡triunfaréis para siempre!
La audiencia estalló en gritos de autocomplacencia. Edell observó en asombrado silencio cómo Quarra vitoreaba aplaudía sonoramente.
Un hombre anciano subió al escenario. Identificándose como el alcalde de Kerebba, volvió a insistir en la importancia de permanecer vigilantes.
-Todos hemos visto esta obra otras veces. Pero de todas ellas, esta es una ocasión especial... el enemigo ha llegado. Esta noche nuestras fuerzas están peinando las penínsulas en busca de cualquier rastro de los atacantes. Volverán de nuevo, con toda seguridad. El Gabinete de Guerra ha desplegado fuerzas anti-aéreas al oeste. Tanto si regresan en igual número como si vienen con una fuerza mayor, morirán. ¡Morirán como deben morir los Sith!
La muchedumbre estalló en gritos, pero más organizados que antes. Alzaron los puños al unísono.
¡Morirán como Sith! ¡Morirán como Sith!
Esto era demasiado. Edell agarró a Quarra del brazo y la apartó de la multitud. Consciente de su condición, volvió a ponerse el abrigo y la capucha. Quería saltar al escenario y matar a todos esos pretenciosos.
Podría hacerlo. Otros lo habrían hecho. ¿Por qué él no?
Se esforzó por controlar su ira. No era el momento, y una pequeña ciudad de provincias no era el lugar. Si lo que acababa de ver estaba efectivamente ocurriendo en todas partes, entonces la fuerza invasora de Bentado estaba en peligro.
¿Y tal vez, incluso, la propia Tribu?
-Nos vamos mañana tan pronto abran los caminos –le dijo Edell a Quarra en las sombras-. Quiero ver ese “Gabinete de Guerra”... ¡y saber exactamente lo que esa traidora keshiri os contó sobre nosotros!

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