miércoles, 22 de agosto de 2012

La Tribu Perdida de los Sith #9: Pandemonio (VII)


7

Infortunio, se llamaba el velero, y fue puramente el infortunio el que hizo que los marineros keshiri se hicieran a la mar esa noche, reflexionó Edell.
Él y su tripulación habían salido de la costa sur de la península –Punta Desafío, la llamaba el mapa local- minutos después de encontrar el barco. Sólo se habían retrasado para llevar a Quarra y al llamado Jogan a bordo en calidad de prisioneros. La mujer se había opuesto; el hombre malherido seguía perdiendo y recuperando la consciencia a ratos. Pero Edell necesitaba un guía, y hasta ahora su esposo, si eso era lo que era, había sido su mejor baza para hacerla cooperar.
El momento fue el adecuado: las fuerzas de Cuello de Garrow llegaron justo cuando estaban desapareciendo en la noche acuosa. Las tropas encontrarían el lugar vacío y saqueado; el cuerpo de Ulbrick había sido arrojado a una cisterna. Mientras tanto, Edell y compañía avanzaban hacia el barco que había visto, remando con fuerza contra la contracorriente para llegar a él, mientras la oscuridad de la noche les mantuvo a cubierto.
Efectivamente, los marineros keshiri no se habían percatado de la batalla anterior; la sorpresa fue absoluta. Lucharon como animales salvajes, no obstante. Los Sith necesitaron toda la noche para tomar el control del Infortunio, y aun así todos menos uno de los defensores habían luchado hasta la muerte.
Ahora, con el sol subiendo a la otoñal posición del mediodía en el norte, el último tripulante del Infortunio había muerto en agonía gritando bajo la tortura de sus interrogadores. Edell observaba desde proa como Peppin salía de la caseta del timón, quitándose los guantes.
-¿Qué has averiguado?
-No mucho -dijo Peppin-. Para ser pescadores, eran bastante duros de roer.
-Parece ser un rasgo local -contestó él, mirando de nuevo a la cubierta de proa, donde Quarra y su pareja estaban atados a un mástil.
-El barco estaba aquí pescando crustáceos. Está programado que el Infortunio se quede aquí fondeado durante una semana antes de regresar.
Edell examinó la línea de la costa. No había estaciones de señales visibles en ningún lugar de la tierra, por lo que no había manera de que los keshiri pidieran al Infortunio que regresase... y la única manera en la que podían ver quién estaba a bordo del barco era por vía aérea, a lomos de uvak.
-Podríamos quedarnos aquí por un tiempo.
Peppin parecía sorprendida.
-Puede que no tengamos que hacerlo, señor. Los keshiri tienen buenos mapas de las corrientes aquí abajo. Llegar a casa podría ser cuestión de izar el ancla.
-A casa. -Edell levantó la vista hacia la solitaria vela cuadrada, enrollada en las vergas. En efecto, Peppin podría encontrar la manera de gobernar el barco. Ella había estado en su equipo años, empapándose de sus conocimientos de ingeniería. Podrían hacerlo... y tenía sentido regresar a casa lo más rápidamente posible. Eso completaría la misión asignada, y traer de vuelta aunque sólo fuera una humilde embarcación de pesca sería un logro. Era más grande que cualquier otro buque de navegación marítima que Keshtah hubiera producido nunca.
Peppin leyó sus pensamientos.
-Sería un buen transporte... podría llevar a un par de cientos de Sith, o más, me imagino. Mucho más fácil que traerlos volando. -Hizo una pausa-. Mucho más seguro, también.
Los pensamientos de Edell se dirigieron a la explosiva llegada... y luego recordó el sueño de su delirio en la orilla. Su estado de ánimo se ensombreció. ¿Regresar con el Infortunio sería un triunfo personal suficiente? No tal y como estaban las cosas en casa. Korsin Bentado ya estaba preparando la próxima ola. La Flota de Ébano, veinte veces más grande que su propia expedición. ¿Esperaría Bentado su regreso, o partiría antes de tiempo?
Él sabía la respuesta. Y sabía que, de estar invertidos sus papeles, Bentado ciertamente no navegaría mansamente de vuelta a casa. Pero, ¿qué más podía hacer?
Volvió a mirar a Quarra y a Jogan. No sabía nada del hombre, pero era evidente que ella era alguien entre los keshiri. Los documentos que llevaba lo afirmaban, pero él lo había visto en primer lugar en su comportamiento. Había estado por toda esta tierra, esta "Alanciar". Sabía cómo funcionaba la estación de señales, así como las diversas armas de allí. Y comprendía en lo profundo de su pecho lo que hacía que estos keshiri luchasen con tal fuerza.
Sí, eso sería algo digno de saberse.
Edell se volvió hacia Peppin.
-Tengo nuevas órdenes –dijo-. Escucha... y luego sigue mi ejemplo...

***

Quarra observaba cuidadosamente mientras el líder de los Sith hablaba. Ella no podía oírle, pero los matones que le acompañaban estaban ahora a su alrededor, prestándole atención. En comparación con los invasores más jóvenes, Edell era relativamente menudo. ¿Cómo había llegado a estar en la misión... y más aún al mando? Probablemente, concluyó, a través de muestras de brutalidad como la del exterior de la estación de señales.
Sin embargo, dos veces había oído por casualidad a uno de ellos llamándole "Alto Señor", un término de significado mucho más grande en las Crónicas. La primera vez, había pensado que estaban siendo sarcásticos con el pequeño humano: los Sith tenían una manera burlona de hablarse unos a otros. Pero al ver la deferencia con que le estaban tratando ahora, ya no estaba tan segura. ¡Un Alto Señor! ¿Eran los Sith tan pocos en número que éste era el equipo de invasión más grande que uno de sus altos cargos podía reunir?
Esperaba que así fuera, pero también temía que lo que había visto sobre la bahía fuera sólo una parte de las fuerzas de los Sith. Que hubiera habido más aeronaves más al norte, amenazando las granjas fértiles del Escudo Occidental... o peor aún, pasando sobre ellas hacia las pobladas mesetas del interior. Uhrar estaba allí. ¿Estarían sus compañeros de trabajo y su familia a salvo?
Por primera vez en horas, pensó en Brue, su marido. Él sabía tan poco de la guerra, o de sus preparativos. ¿Qué habría dicho a los niños, cuando sonaron los silbidos de alarma?
Al menos una cosa ya no le preocupaba: A menos que el viejo guardia del Cuello de Garrow recordase su nombre, nadie sabría que había estado en Punta Desafío. ¡Era extraño pensar que, al secuestrarla, los Sith podían haber salvado su matrimonio!
Pero ella no era la única persona que habían tomado. Atado a su lado, Jogan entraba y salía de la consciencia. Se dio cuenta de que las costillas casi le habían perforado los pulmones en el istmo; tenía suerte de seguir vivo. Especialmente después de haber sido maltratado por los Sith al moverlo de un sitio a otro. Le habían atado al mástil sentado, y ella podía sentir su agonía a través de sus Fuerza... y a través de sus hombros que estaban en contacto con los de ella. Cada vez que el Infortunio tiraba de su ancla, Jogan hervía de dolor.
Abrió los ojos otra vez.
-¿Dónde estoy? -preguntó.
-Conmigo -dijo ella, luchando por encontrar palabras que pudieran traer algún consuelo en esta situación-. Ya hemos dejado de movernos.
-No es cierto -dijo el Alto Señor Sith, dando un paso hacia ella-. Por lo menos, no para ti, Quarra Thayn. Vas a venir conmigo.
-¿Qué? -Quarra luchó contra sus ataduras y se detuvo de repente, recordando que Jogan estaba atado a ella.
Edell juntó las manos ante él.
-Este... primer encuentro de nuestros pueblos no ha ido bien. No habéis proporcionado a vuestros vecinos una bienvenida adecuada.
-¡Qué lástima!
-Las reparaciones vendrán más tarde. Pero mientras tanto, me gustaría saber más de ti.
-¿Acerca de mí?
-De todos vosotros. Alanciar, -dijo, haciendo un gesto con la mano hacia las cumbres apenas visibles en el horizonte del norte-. Quiero ver a quien esté al mando aquí, y tú me llevarás, Quarra. Pero según mis términos... y cuando yo lo diga. –Tomando un mapa en pergamino que le ofrecía Peppin, se acercó a la barandilla y señaló-. Hay una pequeña cala hacia el noreste. A la sombra de las montañas, y sin vigilancia. Tú y yo remaremos hasta allí. De acuerdo con esto, vuestra capital militar está a varios días a pie de ahí. El Infortunio se quedará aquí hasta que yo indique desde las montañas que he regresado -dijo.
Quarra lo miró fijamente.
-Estás loco. No te pareces en nada a nosotros. Ya sabemos que estáis aquí. Nuestra gente te verá en un santiamén.
-Ya se te ocurrirá algo -dijo suavemente Edell, pasando el mapa a su compañera-. Más te vale... si quieres que tu preciado Jogan siga con vida. Si no he vuelto libremente dentro de dos semanas, acompañará a los pescadores que echamos al fondo del océano.
Quarra miró a Jogan. Se había desplomado de nuevo, desvanecido. Ella dudaba que hubiera oído una sola palabra.
-¡No quiero dejarlo!
-No tienes otra elección.
Estirando el cuello, Quarra vio a Tellpah.
-Ya tienes a tu propio esclavo keshiri contigo. Que sea él tu animal de carga. ¿Para qué me necesitas a mí?
-No seas tonta. Necesito un guía local que conozca la zona. Trajimos keshiri con nosotros para difundir su religión... una religión centrada en nosotros. Pero nos habéis recibido con guerra. Quiero ver qué más nos tenéis reservado.
Quarra estudió a Jogan por un largo rato antes de volver a mirar al humano.
-Puede que haya una manera de ocultar quién eres –dijo-. Pero sólo lo haré con una condición...
-No te encuentras en condiciones de negociar...
-...con la condición de que se desate a Jogan de ese mástil. Hay literas en la cabina. Dejad que se acueste. Si seguís zarandeándolo, vais a matarlo.
Edell asintió con la cabeza.
-Puedo ser razonable. Movedlo.
Inmediatamente sus compañeros dieron un paso adelante para desatar a la pareja keshiri del mástil.
Sintiendo que las ataduras se aflojaban, Jogan la miró con los ojos legañosos. Su cara se llenó de gratitud... y luego de preocupación.
-Quarra, no estoy seguro de lo que está pasando –murmuró-. Pero sea lo que sea, no tienes que hacer esto por mí. No merezco la pena.
-Deja que sea yo quien juzgue eso -dijo. Estudió a los seres humanos de nuevo. No eran keshiri, pero tal vez tampoco monstruos; tan capaces como ella de dudar, y de tomar malas decisiones-. Y creo que puedo tener justo lo necesario para asustar a estos Sith y que se vuelvan por donde vinieron. -Miró hacia el norte-. Tengo a Alanciar.

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