jueves, 16 de agosto de 2012

La Tribu Perdida de los Sith #9: Pandemonio (III)


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Edell Vrai había esperado muchas sensaciones cuando viera tierra ante él. La única que no había planeado era pesar.
Veinticinco años de trabajo habían conducido al día de hoy, el momento más grande en la historia de la humanidad en Kesh. Finalmente, Edell, Alto Señor de la Tribu y capitán de la expedición de los Sith, lo había logrado. Había descubierto el nuevo mundo... pero pocos estaban allí para verlo.
Alguien debería estar grabando esto, pensó el capitán. Lástima que no trajimos un escribano.
Edell agarró la barandilla en la proa de la góndola y escudriñó la noche oriental. Los telescopios que le habían suministrado los keshiri en los astilleros de construcción habían sido de poca utilidad. Había esperado ver más luces en el nuevo continente, como habían visto las cámaras del Presagio en su caída suicida a la superficie de Kesh. Pero las únicas vistas habían sido unas formas oscuras surgiendo de la superficie, como las costillas que sobresalen de un cadáver marchito.
-Ajusten la velocidad -ordenó a su tripulación a popa-. Todavía estamos a kilómetros de distancia. No sabemos cómo serán los vientos en la costa.
-¡Sí, Capitán!
El lamento de Edell se desvaneció. Capitán. El título con el que Yaru Korsin había llegado a Kesh. No había habido capitanes de nada entre los Sith en dos mil años, ninguna nave que comandar más grande que las balsas de caparazón de gornyk que los agricultores usaban en los ríos. Siempre se había asumido que el diseñador del método para cruzar el mar tendría el honor de dirigir la expedición... pero, a sus cerca de cincuenta años, Edell se sentía afortunado de haberlo logrado finalmente. Era un hombre joven cuando comenzó la tarea, después de todo. Delgado y fresca de rostro, con el pelo rubio cuidadosamente peinado, había sido miembro de Destino Dorado, la facción de la Tribu con más visión de futuro antes de la Crisis. Le gustaba pensar que ahora seguía siendo un hombre joven: sus rasgos habían madurado, y se había convertido en una figura destacada como ingeniero en jefe del reino. Pero en la última década, había perdido la esperanza de llegar nunca a su objetivo. Tantas cosas habían ido mal.
El problema era la distancia. Los keshiri que Korsin encontró vivían en Keshtah, un continente solo en el océano. Eso era lo que los keshiri describían, y eso era lo que los Sith habían encontrado en sus propios viajes. Pero su conocimiento colectivo del mapa había estado limitado por una cosa: la resistencia de un uvak. Como los neshtovar antes que ellos, los Sith realizaron muchos vuelos de exploración desde las costas de Keshtah; los que regresaron habían informado de la existencia del mar en todas direcciones, sin islas sobre las cuales posarse. En algunos lugares podían verse arrecifes no muy por debajo de las olas; tal vez incluso hubo tierra firme en algún momento. Pero si algún jinete había logrado realmente cruzar el océano a lomos de un uvak, ninguno había informado nunca de ello. Los Sith, por supuesto, sabían que su mundo era redondo: incluso los nativos keshiri habían descubierto eso por su cuenta. Pero parecía que Keshtah era todo lo que había.
El gran mapa que el Gran Señor Korsin mantuvo bajo del templo había eliminado no uno, sino dos aspectos de la duda. Realmente existía más tierra, y mucha. Sin embargo, el diagrama también mostraba lo lejos que estaba: decepcionantemente, desesperadamente lejos. La ruta occidental era más corta, pero luchaba contra las corrientes. El este era la única opción.
Ahora volvía a haber un Gran Señor en Tahv, y Edell había sido amable con él desde los tiempos en los que el anciano era conservador del museo del palacio. Varner Hilts no era matemático, pero respetaba y empleaba a los que lo eran... siendo un adolescente, Edell había pasado muchos días con ellos estudiando las técnicas de construcción de los grandes edificios. Así que, tan pronto como comenzó la Restauración, Hilts encargó a Edell la resolución del problema del tránsito. Y resolverlo para siempre: un único viaje no serviría. Tenía que ser reproducible, y capaz de producirse en masa. Korsin había mostrado que el otro continente estaba habitado. La ocupación debía seguir al descubrimiento.
Siguieron años de experimentos. Los barcos quedaban fuera de la cuestión: los bosques de la selva de Keshtah no proporcionaban nada que pudiera sobrevivir a las fuertes olas. Las plantas de hejarbo eran abundantes, pero sus brotes apenas protegían a los agricultores keshiri de la lluvia. No soportarían las presiones a las que se enfrenta el casco de un buque. La madera de vosso y el resto de las escasas maderas duras que podían encontrarse más al interior eran demasiado densas para flotar. Otras eran demasiado gomosas.
Edell dedicó la segunda década de su trabajo al estudio de esos materiales, con la esperanza de encontrar algo que hiciera que el viaje sea posible. Los fracasos se acumularon uno tras otro, y muchos de sus ayudantes se enemistaron con él y se convirtieron en rivales, poniendo a prueba sus propios planes. Hilts le había nombrado uno de los Altos Señores más jóvenes de la historia para asegurarse de que tuviera acceso completo a los recursos, pero Edell no tenía tiempo para la política de la corte... o para la familia. Se negaba a ceder. Sus antepasados habían cruzado las estrellas. La Fuerza podía negar las reglas de la naturaleza. ¡Un verdadero Sith debería ser capaz de cruzar un charco planetario!
La solución que en última instancia le vino a la mente quedaba muy lejos de la ingeniería, y se parecía a la alquimia de sus compañeros. Tal vez lo fuera. Las ardientes grietas de la Aguja Sessal emitían gran variedad de gases nocivos, incluyendo metano. Usando recipientes de vidrio moldeados por artesanos keshiri, Edell y su equipo atraparon metano y usaron un simple catalizador de agua para aislar el hidrógeno, el elemento más ligero conocido. Con una línea de producción establecida, Edell desarrolló estructuras que el gas podía elevar. Una vez más, los artesanos keshiri estuvieron a la altura, confeccionando un tejido de contención increíblemente delgado que se ponía rígido frente a la presión. La forma de “campana creciente” de Edell demostró ser la más estable, y añadió una góndola elaborada a partir de varias capas de hejarbo trenzado, lo suficientemente fuerte como para soportar el peso de la tripulación y sus provisiones. Lo que no flotaría en el agua podría flotar en el aire.
Habían pasado tres años desde alcanzasen ese punto, y luego la desesperación reinó de nuevo. No había ningún método de controlar la dirección, exponiendo los globos a todos los violentos caprichos de los vientos oceánicos. Las corrientes de aire en el hemisferio sur Kesh podrían proporcionar una poderosa asistencia, pero resultaron ser indomable. En el sur, un cambio en el estado de la Aguja Sessal y otros volcanes podía enviar a un objeto volador a cualquier lugar. A veces los vientos que soplaban hacia el sur empujaban a los pilotos más y más lejos, dejándolos perecer en el gran casquete de hielo polar. Y más al norte, la ruta ecuatorial enviaba simplemente a los viajeros a una muerte acuosa en las zonas sin viento del ecuador... o al menos eso supone, ya que nadie había regresado nunca de ninguno de los vuelos de prueba.
Por fin, a principios de ese año, con sus enemigos protestando en contra de sus extravagantes gastos, Edell había tenido una revelación. La nave no debía ser más pequeña, sino más grande. Lo suficientemente grande para soportar el peso de dos o más uvak, suspendidos en arneses de popa, debajo de la quilla de la góndola. Ningún uvak podría hacer la travesía por sus propios medios sin cansarse, pero, transportados, los animales podían descansar, ser alimentados, e incluso dormir cuando no se necesitaban. Cuando hicieran falta, el batir de sus alas proporcionaría la propulsión suficiente para controlar la dirección, siempre y cuando el piloto que los manejara detectase los patrones de viento correctamente.
Edell se acercó al lado derecho de la góndola y miró hacia atrás a través de la oscuridad a una de las criaturas que balaba, flotando en su yugo esquelético. Estaba tan confundido como siempre con respecto a su situación, pero seguía batiendo sus alas cuando se le ordenaba.
-Parece que Estribor está aportando su granito de arena -dijo Edell-. ¿Qué tal va Babor?
-Babor está feliz y alimentado -dijo Peppin, que realizaba las tareas de cuidadora de uvak y piloto en la Candra-. Sólo dile a dónde quieres ir.
El capitán sonrió. Los uvak los llevarían, de hecho, a través del océano... ¡sólo que de un modo que nadie había imaginado nunca!
Edell sentía el viento arreciando mientras se dirigía al centro de la nave. Una brisa salada. Habían estado descendiendo, gracias a la liberación controlada de gas, ya que habían visto la tierra minutos antes. Hacia el norte, vio a las dos naves que le acompañaban, idénticas a la suya, saliendo de las nubes. Bien. Su pequeña flota lo había logrado, con todas sus naves.
La Candra, la Lillia, y el Dann Itra. Edell se había desesperado por los nombres dados a los dirigibles, que honraban a Grandes Señores de los tiempos de cuando empezó la Era de la Podredumbre. Era una tendencia reciente en el pensamiento de Gran Señor Hilts. Se habían pasado años renovando la conexión de la tribu con sus fundadores; ahora, su líder sentía que era necesario rehabilitar a otras figuras de su historia. Incluso aquellas que, por acción u omisión, contribuyeron al caos que les siguió. En su lejana regencia, el único acto memorable de Candra Kitai había sido simplemente cerrar el zoológico local. Y sin embargo allí estaba, un facsímil de esteatita de la mujer sujeto fuera del casco de la góndola. Las decoraciones no formaban parte de los diseños de Edell para las naves. Si su nave tenía que perder peso para ganar altura, la honorable señora Candra sería la primera cosa en caer.
Pequeñas luces rojas aparecieron en las cubiertas de la Lillia y el Dann Itra: sables de luz, encendiéndose y apagándose. Edell devolvió la señal. Todos habían visto la tierra y estaban aminorando. Edell no conocía muy bien a los otros capitanes que habían sido designados -más política sin sentido- pero sabía que seguirían su ejemplo. Sus naves, al igual que la suya, llevaban tripulaciones de diez personas: capitán, piloto, clarividente, y cinco guerreros, además de dos embajadores keshiri. Rostros familiares de color púrpura podrían ser útiles si tenían que ponerse en contacto con los nativos. Pero el contacto no era el plan de este viaje. En lugar de eso, Edell había previsto un vuelo de reconocimiento de "Keshtah Mayor", seguido del retorno, cruzando el relativamente pequeño océano hacia la costa oeste de su tierra natal. Un grupo más amplio que ya se estaba preparando los seguirían, una vez confirmado que el mapa de Korsin no era ninguna fantasía.
Para Edell eso era perfecto. Que se encarguen otros de la lucha: él se llevaría la gloria del descubrimiento, dirigiendo la Candra directamente a Tahv, donde todos los escépticos lo verían llegar desde la puesta del sol.
Ya era hora.
Sentado delante de la cuidadora de los uvak, una mujer de piel morena de unos veinte años tomó la palabra.
-¿Envío la impresión, Capitán?
-Hazlo.
Edell vio como Taymor, una de los Sith más capaces en la proyección del pensamiento a través de la Fuerza, se concentró. En este momento no estaba tratando de proyectar más que un sentimiento: la sensación de éxito, de logro. La distancia no era necesariamente un obstáculo para los usuarios de la Fuerza, pero nadie antes en la tribu había intentado enviar un mensaje a otro lado del mundo. Por ahora se centrarían en emociones simples. Ya habría tiempo más adelante para experimentar con más.
-Hecho -dijo Taymor, sonriendo como si quisiera recordar a los demás que acababa de hacer algo sin precedentes para la Tribu de Kesh.
Edell puso los ojos en blanco y volvió a la proa. Así eran las cosas con los Sith. Cada encuentro, por pequeño que fuera, se convertía en un concurso de talentos. De repente sintió un respeto mucho mayor hacia Yaru Korsin. Gobernar naves espaciales debía haber sido una auténtica pesadillas. No es de extrañar que el Presagio tuviera una cabina privada para el capitán. Edell ya había deseado una varias veces en el viaje.
Algo que a la Candra también le faltaba era un buen puesto de observación delantero, volvió a pensar, sujetando uno de los robustos cables de cuero que conectaban la góndola al globo de gas. No era un problema para un Sith atrevido dispuesto a trepar, como él, pero ya lo había añadido a su lista mental de necesidades de diseño para el futuro.
Con las manos enguantadas sobre el cable, empezó trepar... sólo para ser interrumpido por una llamada desde atrás.
-¡Capitán!
Edell miró hacia atrás en la oscuridad para ver a Taymor con el ceño fruncido.
-¿Y ahora qué?
-Están pasando muchas cosas aquí -dijo la telépata, los dedos abiertos en torno a sus sienes-. En este lugar. Una gran cantidad de emociones. Una gran cantidad de energía. -Frunció el ceño.
El capitán se rió.
-Nos estás leyendo simplemente a nosotros, Taymor.
-No, Alto Señor. Es ahí fuera. -Ella señaló hacia delante.
Edell entrecerró los ojos.
-No sé lo que quieres decir.
Subió por el cable y miró hacia adelante. Los bultos en el este eran más que islas... eran las puntas de unas largas penínsulas, con los puertos en medio. Sobre varios promontorios podían verse estructuras, líneas rectas en la lechosa oscuridad. Inclinado hacia el exterior y estirando el cuello, vio pequeñas luces multicolores asomando a través de la bruma que cubría las regiones del interior. Las luces parpadearon, cambiaron, y desaparecieron.
¿Dónde estaban las ciudades brillantes sobre las que Yaru Korsin había escrito? Meciéndose en el viento, Edell trató de enfocarse en la Fuerza, para ver si él podía sentir algo de lo que había sentido Taymor. Sólo sintió tensión, aprensión, anticipación y excitación... sentimientos que tan fácilmente podrían provenir de sus lozanos compañeros de viaje Sith como de cualquier otro lugar.
Volvió la mirada a su tripulación.
-No tenemos nada de qué preocuparnos...
¡Kra-bum! De repente apareció un destello sobre su hombro. ¡En el cielo de un kilómetro hacia el norte, la Lillia explotó!
Momentáneamente cegado, Edell estuvo a punto de soltarse del cable. Sujetándose, el capitán se dio la vuelta y trató de enfocar la mirada. El globo de gas de la Lillia había sido reemplazado completamente por un floreciente racimo de fuego... y su góndola no se veía por ninguna parte.
-¡Parada completa!
También a babor pero más cerca de la Candra, el Dann Itra giraba bamboleándose. Edell sintió también una sacudida, cuando los uvak de tracción de la Candra decidieron que querían estar en cualquier otro sitio.
-¡Peppin, controla a esos animales!
La aeronave tembló. Los compañeros de tripulación de Edell se levantaron de sus posiciones, algunos tratando de ayudar al navegante, otros mirando boquiabiertos la explosión, que ahora se había convertido en una lluvia de cenizas calientes que salpimentaba el océano bajo ellos. A Edell se le agolpaban las ideas en la cabeza.
-¡Sólo son rayos! -gritó. Todo el mundo conocía lo volátil que era el hidrógeno; el peligro de una carga eléctrica siempre era un riesgo. Volvió a pensar en el viento que había sentido. No había ninguna tormenta formándose de forma obvia, pero tal vez esto tenía que ver con su aproximación a tierra, y con el clima allí. Por eso era que había traído tres naves. Respirando profundamente, se sintió mejor por un instante...
...hasta que volvió a mirar hacia abajo y vio el misil, brillante y veloz, que salía volando desde tierra. De tres metros de largo, con la cabeza en llamas, la jabalina de color negro trazó un arco hacia el Dann Itra.
¡Kra-bum! Edell cerró los ojos esta vez, pero la onda de choque sobrecalentado lo arrojó de su posición privilegiada. El Alto Señor golpeó dolorosamente en cubierta, y su rodilla derecha atravesó el nivel superior del suelo de hejarbo.
Ahora la Candra giraba, forzando los cables de conexión de la góndola al globo. Mientras Edell luchaba por ponerse en pie, oyó gritar a los uvaks. No, no los uvaks de la Candra, pudo ver mientras alcanzaba la barandilla. En el cielo bajo él, la góndola dañada del Dann Itra caía violentamente, dando vueltas, seguida casi suavemente entre la nube furiosa por una porción desgarrada de la tela del globo. Edell se encaramó a la barandilla, gritando a través de la Fuerza a los ocupantes del Dann Itra para que saltaran... sólo para ver cómo otro proyectil lanzado desde tierra golpeaba en el aire a los restos que caían, haciéndolos añicos.
Sintiendo las muertes de sus camaradas Sith, Edell sintió algo más. ¡La Fuerza había sido utilizada en su contra! ¿Tal precisión en los disparos? Era la única forma. ¿Pero quién había escuchado hablar nunca de keshiri capaces de usar la Fuerza?
-¡Capitán! ¡Ahora disparan contra nosotros!
Bajo ellos, el aire mismo parecía gritar. El capitán se agarró a la barandilla y lanzó un juramento. Era realmente un momento histórico. Como Yaru Korsin, Edel Vrai y sus Sith habían realizado el primer contacto con los nativos de un nuevo continente.
¡Sólo que esta vez, los nativos eran más fuertes!

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