viernes, 30 de agosto de 2013

Cambiaformas (y III)


-¿Sabes, Pyrron? Deberías escribir libros para niños.
-¿Disculpa? –dijo Pyrron con un parpadeo.
-He visto mynocks ciegos con más aptitudes sociales...
-Pyrron –intervino Keeta-, si los científicos y todos los demás a bordo de la estación fueron asesinados, ¿cómo supiste de esa historia?
-No todos murieron. El administrador y su ayudante escaparon, y registraron el informe. Karflo lo silenció, y unos hackers se encontraron con los informes hace poco. Y no fue asesinato. Fue autodefensa. Autodefensa contra el genocidio.
-¿Os podéis creer lo que está diciendo? –preguntó Gideon a nadie en particular.
Keeta arrugó la nariz.
-Pareces muy versado en esta rama de la xenobiología, Pyrron. Dime, ¿conoces las leyendas de los stennes?
-¿Los cambiantes stennes? Oh, no son leyendas, querida. ¡Son reales!
Pyrron se inclinó hacia delante, casi como si la mesa fuera una antigua hoguera, y él el respetado narrador.
-De hecho conocí uno, hace muchos años, en Tatooine...

Soy Trinto Duaba, aunque puede que nunca llegues a verme. Me fundo con las sombras. Soy una sombra.
Hay millones de stennes. Somos casi humanos. Vosotros, los humanos “puros” decís que parecemos tristes, lúgubres, fantasmales. Pero unos pocos somos cambiantes stennes. Somos los privilegiados, porque podemos ensombrecer los ojos. Podemos ensombrecer vuestra mente.
Algunos lo encuentran ofensivo, otros lo encuentran seductor, otros lo encuentran aterrador. Es meramente una técnica de supervivencia. Para evitar a los depredadores. Para ayudar en la caza.
Como civilización extendida por el sector Stennes, nos convertimos en una mercancía preciada, o se nos dio caza. Así funciona con los humanos, casi puros o puros del todo.
Pero no somos una presa fácil. ¿Cómo puedes cazar lo que no ves? O, mejor dicho, ¿cómo puedes cazar lo que no puedes evitar no ver?

Pyrron terminó su historia, con la mirada perdida en el espacio. Su atención regresó al presente, viendo cómo Keeta y Gideon mantenían, a susurros, una acalorada conversación.
-Amigos míos –dijo Pyrron-, parece que hoy soy el único equipado con una caja vocal. Por favor, contadme algo de vosotros.
-De acuerdo... –dijo Gideon-. Bueno... hmm.
-Recién regresamos de Kessel la semana pasada –dijo Keeta-. Allí vimos a Cleven. ¿Recuerdas a Cleven?
-Hmm, claro. –Pyrron terminó su bebida-. ¿Cómo está Cleven? Parece que fue hace eones.
-En realidad, sólo han pasado unos ocho meses, ¿recuerdas? –respondió Gideon-. Hace ocho meses, cuando Cleven fue asesinado.
Cualquiera que fuera la entidad que controlaba tales cosas en el universo, decidió que ese sería el momento más oportuno para detener la música. Mientras la banda se tomaba un respiro, Pyrron también respiró profundamente.
La mano de Gideon salió de debajo de la mesa, sosteniendo un bláster de aspecto amenazador.
Keeta mantuvo ambas manos en su bebida.
-Entonces, ¿cuál de ellos eres? –preguntó.
-Amigos, por favor, aquí ha habido un malentendido... –Pyrron levantó ambas manos lentamente.
-¿Qué has hecho con Pyrron, bola de mocos? ¿También le has matado? –preguntó Gideon.
-¿M-matado? No, yo nunca he matado a nadie. Me dio transporte...
Pyrron se detuvo y cerró su mente.
Y Gideon lo sintió... los tirones en su mente, la niebla en su visión, la pérdida de memoria.
Sus reflejos, sin embargo, quedaron intactos. Y como cualquier viajero espacial sabe, el dedo del gatillo se activa por reflejo.
Un estallido de luz y sonido terminó con la conversación...

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