viernes, 14 de junio de 2013

Sólo los droides sirven al Creador (II)


Karr condujo al grupo de Daye por un pasillo largo y gris a una habitación larga y gris. Detrás de la mesa del mismo color gris de los mamparos estaba sentado un hombre con el pelo negro y el cuello corto.
El teniente Karr se cuadró.
-Aquí están, administrador. -A través de la monolente, aún ajustada para largas distancias, el parche de rango del administrador era una larga mancha de color rojo y azul.
-Gracias, teniente –ronroneó-. Descanse-. Miró a sus prisioneros-. ¿Cuál era vuestra carga?
Daye le miró fijamente. Este no era el guión que habían ensayado.
-Tampoco obtuvimos demasiada cooperación con el abordaje. -Karr había vuelto a sacar su palillo de dientes.
-¿La cápsula fue destruida?
-Afirmativo, señor.
Brago entrelazó los dedos y se recostó.
-¿Cuál de vosotros es el jefe? -Apartó a Woyiq, que aún se tambaleaba por la descarga aturdidora, con una mirada desdeñosa-. ¿El gotal, imagino? Vosotros los rebeldes siempre ponéis bichos raros al mando. ¿Estáis espiando para los cabezas hinchadas?
Los sunesis usaban su prominente cráneo en forma de melón para los ultrasonidos. Cabezas hinchadas.
-No somos espías. -Daye escuchó atentamente. La hostilidad de Brago se mantuvo firme.
-Interrogue al Gotal, teniente. Podemos eliminarlos a todos después de la fiesta. Que sea algo festivo.
El teniente Karr se cuadró de nuevo, luego tiró del brazo de Daye.
-Muévete, droide.
-¿Droide? -repitió el administrador.
-Es mayormente humano por encima de la cintura, señor -explicó Karr-, pero mire esas piernas.
Brago miró por encima de su escritorio, y luego alzó la mirada. Daye le miró a los ojos antinaturalmente verdes.
-¿Qué te pasó? -preguntó Brago.
Daye se encogió de hombros.
-Una explosión.
-¿Un saboteador? -Brago arqueó una ceja.
Daye sonrió para sus adentros. En palabras de Agapos, “la llama de la Libertad debe ser alimentada con nuestra sangre, mezclada con la de los tiranos”.
Brago hizo un gesto con la mano.
-Encerradlos.
Al atravesar una puerta doble vigilada hacia un pasillo ciego, Daye preguntó a Karr en voz baja:
-El administrador Brago, ¿es apreciado?
-Eso no es asunto tuyo.
-No le aprecian demasiado.
-Puede que tengas razón. -Karr se echó a reír-. Alto.
El joven soldado pelirrojo pulsó un panel negro en la pared. Una puerta se abrió. Karr empujó a Daye al otro lado, y la puerta se cerró con un golpe seco. Aún impedido por las esposas, retrocedió hasta una pared. Se deslizó hacia abajo hasta el suelo de la celda desnuda y sin ventanas.
¿Y ahora qué? Desde que huyó de Druckenwell, había perdido la cuenta de los días. Debía de estar empezando la Fiesta de Año Nuevo. Una de las diversas festividades imperiales, era ampliamente celebrada comiendo, bebiendo y consumiendo especia en exceso.
Él, Toalar y Woyiq serían el entretenimiento de la sobremesa si no pensaba en algo. Buscó intensamente en su interior, con la esperanza de encontrar firmeza. No quería divertir a Brago mendigando clemencia.
En cuestión de minutos, otros dos soldados llegaron. Uno tenía el pelo marrón y un bigote lacio.
-Brago quiere que partes droides. -Apuntó con un bláster los refuerzos de Daye-. Como recuerdo.
Zumbaron cuando Daye se puso en pie. Sin ellos, estaría tan indefenso como un talz recién nacido.
-Déjalos por ahora -pidió. Se acabó la firmeza-. Déjame mi dignidad.
El soldado rubio y barrigón se abalanzó. La adrenalina anuló el sentido común de Daye. A mitad de movimiento para lanzar una patada, se dio cuenta de que se había extendido demasiado. Sus ultra-potentes piernas droides lo lanzaron con fuerza. Cayó desplomado sobre un costado.
El rubio saltó desde atrás y le dio la vuelta en el suelo sobre su estómago.
-Supuse que intentarías eso -gruñó. Apoyó su corpachón sobre los hombros de Daye, con las manos en los huesos de la cadera de Daye. Daye arañó el duro suelo. Los grilletes le hacían doblemente indefenso, retorciéndole las muñecas.
El soldado con bigote extrajo una herramienta de aspecto siniestro de su cinturón de herramientas. Se arrodilló junto al tobillo izquierdo de Daye y comenzó a hacer palanca.
Daye apretó los dientes, convocando esa firmeza. Nuestra sangre alimenta la llama de la libertad, se recordó. A través de su bloqueo neural, lo único que sentía mientras el soldado arrancaba barras de sus huesos era la presión.
El rubio barrigón se inclinó se apoyó con fuerza en sus caderas, y luego se apartó de un salto. Daye trató de incorporarse sobre ambos codos. El sudor se deslizaba por su frente. El guardia rubio se alejó.
-¿Vas a darnos el ojo de vidrio? ¿O lo cogemos a nuestra manera?
Algo zumbó en la distancia cercana. Las muñecas de Daye se relajaron. Poco entusiasta, se sentó y dejó que las esposas se deslizasen fuera de sus muñecas. Las manos no serían de gran ayuda, si estaba ciego y cojo. Apretó la mejilla izquierda, soltando el clip. El suelo y las paredes de duracemento se convirtieron en borrones grises.
El soldado le arrebató la lente y las esposas, y luego arrojó algo a un lado. Su compañero se retiró con un crujido repugnante.
-Karr ha decidido enviarte de vuelta con el Creador –anunció-. Espera a ver lo que hacemos con los droides viejos.
Se fueron.
Poco a poco, Daye estiró los brazos. Se frotó las muñecas. Luego miró a sus delgadas y flácidas piernas. Ya atrofiadas, sangraban por las articulaciones.
No tenía intención de morir sin luchar, aunque su esfuerzo podría ser risible. Morían rebeldes todos los días, en focos de resistencia por todo el Imperio. Daye sólo deseaba haber podido lograr algo más. Se preguntó qué tenía planeado Karr.
Armamento I'att vendía los droides antiguos por piezas, pero Daye había oído hablar de enormes cubas de ácido y tanques de sedimentación imperiales, en los que se recuperaban materiales compuestos y metales. Si pretendían arrojarle a una de esas cosas, se disolvería antes de poder ahogarse.
¿Dónde estaba Una Poot? No es que esperase ser rescatado, pero le gustaría poder decirle lo que había pasado. Sus amigos musicales, Cheeve y Yccakic, habían viajado con los médicos rebeldes. Con suerte, Twilit, la esposa de Cheeve, se uniría a ellos en la cómoda estación de retiro de los médicos. El concierto final.
Daye se alegraba de que todavía pudiera sonreír. Se levantó una pernera de su buzo. Su tobillo había dejado de sangrar. Rodó sobre sí mismo y comenzó a dar la vuelta a la celda, arrastrándose con sus antebrazos. No debía darse por vencido. Algún extraño pasó corriendo junto a su puerta lanzando exclamaciones de júbilo. La fiesta debía de estar en marcha. Daye apoyó la mejilla en el frío duracemento desnudo. ¿Cuándo había sido la última vez que había visto a Tinian feliz? Con aspecto juvenil y su cabello dorado rojizo que le llegaba hasta los hombros, había llevado la protección pectoral y las hombreras blancas de la armadura de soldado de asalto imperial. Daye y el abuelo de Tinian habían inventado una nueva forma de disipar los disparos de bláster. Ingenuos en su confianza, Tinian y sus abuelos habían creído que el Imperio les ofrecería un lucrativo contrato.
En cambio, el Moff Eisen Kerioth ejecutó a los abuelos de Tinian y se apoderó de la planta. Daye y Tinian se habrían convertido en sus esclavos si no hubieran escapado. Él había querido que ella construyera una nueva vida, lejos de las leprosas garras del Imperio.
La había visto una vez más, desde una gran distancia. La Estación Plata estaba flotando a la deriva bajo el ataque imperial. Woyiq acababa de llevarle a bordo de la nave de escape de Una Poot, el Pato de Feria. Una pequeña nave exploradora con forma de platillo apareció en la pantalla visora del Pato, y a pesar de un escudo de partículas débil -y de escudos de energía con peculiares vacíos de frecuencia- ese platillo destruyó un caza TIE antes de desaparecer en el hiperespacio. Una había afirmado que Tinian estaba a bordo. Había encontrado otro protector wookiee: Chenlambec, dijo Una, no es un cazarrecompensas ordinario.
Rodó sobre su espalda. Había tratado de olvidarlo. Su adorada prometida se había unido a un cazador de recompensas en lugar de encontrar un lugar donde pasar inadvertida.
“No tenemos miedo de seguir a la verdad dondequiera que nos conduzca”, había escrito Agapos. “Incluso toleraremos el error, siempre y cuando nuestras mentes queden libres para luchar contra él.”
Pero temía que Tinian hubiera cometido un grave error de juicio.

***

Chenlambec apartó de su máscara de respiración ligera un mechón del pelo de su rostro, marrón con puntas plateadas. Miles de millones de microcristales flotaban en cada metro cúbico de aire. Una respiración profunda sin filtrar le habría destrozado los pulmones. Con la luz del día, Monor II deslumbraba los ojos. Esa noche, no penetraba el menor brillo de las estrellas.
Tinian ajustó su propia máscara. Con la complexión de un cachorro a medio crecer, su nueva aprendiz era feroz para ser un ser humano. Chen también había perdido la mayoría de su familia bajo los ataques imperiales, pero Tinian era inestable, aturdida por el dolor del asesinato de sus abuelos y su compañero de vida. Había comenzado a recuperarse, y luego sufría una recaída... en varias ocasiones, sin motivo aparente. Sospechaba que tenía pesadillas.
-sigue sin gustarme que no detectemos ninguna forma de vida -se quejó ella-. ¿Estás seguro de que tu contacto encontró el lugar correcto?
Él gruñó en voz baja: este era el lugar. Un centinela debe de haberlos visto.
-Ni siquiera detectamos nada bajo tierra.
En los escáneres, una cámara metálica no se distinguiría demasiado de una importante vena de mineral. ¿Quería esperar a bordo?
-Yo no. -Sobre su mono negro liso, enderezó su cinta en bandolera. Dos bolsillos de carga sobresalían al otro lado del bláster que le había dado: no I'att, por desgracia, sino un Merr-Sonn barato.
Caminando en silencio, Chen rodeó el casco lleno de marcas del Wroshyr. Tinian constantemente le instaba a actualizar su nave exploradora. Puede que fuera una experta en explosivos, pero seguía sin entender el flujo de crédito de la caza comercial.
Avanzaron a tientas a través de la niebla templada hasta la base del acantilado.
-Bueno -murmuró Tinian-, aquí hay una puerta. Pero está sellada magnéticamente.
Encontrar este lugar había requerido trabajo rápido. Las fuerzas imperiales intervenían todas las transmisiones desde el bien defendido cuartel general de Agapos, tratando de silenciar las soflamas sacerdotales. Pero los manifiestos seguían apareciendo. Los contactos rebeldes de Chen habían deducido que había un transmisor secreto. Habían encontrado una veta de mineral muy recta, de justo dos veces la longitud de onda de la frecuencia de transmisión fuera del sistema, a 70 kilómetros de distancia. Debía estar funcionando como una gigantesca antena dipolo.
-Prennerin -olfateó Tinian. Incluso a través de su filtro, debía de haber sentido el olor del explosivo de los sunesis-. No es que ofrezca un control lineal demasiado bueno.
Él sugirió que puede que fuera todo lo que podían permitirse.
Ella puso los ojos en blanco. Mechones de pelo rubio rojizo colgaban sobre la correa de su filtro de aire.
La fuente de Chen había insistido en que Agapos transmitiría esa noche, y Chen no había visto huellas de vehículos. El entorno de Agapos debía de estar evitando cualquier mecanización visible en los escaneos.
Él rugió una orden.
-¿Qué, Chen?
Gruñendo, él la corrigió.
-Está bien –suspiró-. ¿Qué, Ng'rhr?
Copió bien su pronunciación, para tratarse de un ser humano.
Tío. Él tenía que ser su familia. Ella nunca había tenido un clan, ni siquiera padres.
Él repitió su orden, y entonces sacó un pequeño cubo plateado de entre los pliegues de su bandolera de piel de lagarto. Tinian deslizó una mano por la pared.
-Estoy buscando –murmuró-, pero no veo ninguna toma de corriente.
-Sigue buscando -trinó el cubo.
Chen dio unas palmaditas a Coqueta con buen humor. Más pequeña que un cerrojo de seguridad, Coqueta era un droide completamente funcional. El anterior socio de cacería de Chen había programado a Coqueta para seducir a un ordenador inteligente, subvertir su seguridad, o cambiar comandos. Sólo necesitaba tener una toma de corriente cerca. Chen la volvió a colocar en el bolsillo de su bandolera.
-Supongo que me quieres, entonces. -Tinian rebuscó en un bolsillo de carga.
-Eso depende –dijo la voz de Coqueta. Chen la hizo callar.
Segundos más tarde, Tinian se apartó corriendo de los acantilados.
-Atrás –instó-. A la cuenta de 10.
Chen se agachó detrás de una gruesa y frondosa vegetación que desprendía un aroma floral. Notó otro perfume extraño, con un ligero regusto a mar, que debía ser el de los sunesis, más cerca de los anfibios que de los mamíferos.
Le dijo a Tinian que volviera a comprobar su bláster.
Ella miró hacia abajo.
-Aturdir -confirmó. Chen cazaba siguiendo reglas estrictas. Haría falta habilidad, suerte y coordinación para arrebatar a Agapos de sus guardaespaldas sin herir a nadie.
El trueno sacudió la noche tropical. Chen corrió a la puerta. Colgaba suelta de un lado. Dejó salir sus garras de escalada y la arrancó. Descendieron corriendo por un empinado túnel neblinoso. Esperaba no tener que perder a Tinian. Si duraba cinco minutos bajo fuego, puede que sobreviviera a su aprendizaje. Le habría gustado lanzar sencillamente una granada de gas, pero desconfiaba de la biología sunesiana. No podía arriesgarse a matar a Agapos.
“Debo estudiar la guerra”, había escrito Agapos, “para que mi descendencia pueda estudiar economía y astrografía. Deben estudiar economía y astrografía, filosofía y agricultura, para dar a sus descendientes el derecho a estudiar pintura, poesía y porcelana”. Con muy pocos cambios, Chen podía haber citado eso en Kashyyyk.
Tinian agitó la pequeña luma ante la piedra blanca con manchas grises.
-Sus marcas de disparos no están mal -admitió en un susurro. El túnel terminaba en otra gigantesca puerta-. Aquí, Coqueta -dijo, señalando un círculo de metal cerca del nivel del suelo.
-Ya era hora -trinó Coqueta.
Gruñendo de satisfacción, Chen introdujo la clavija del droide en la toma de corriente. Dentro de su caparazón de titanio, cada centímetro no positrónico estaba repleto de sensores y antenas bobinados. Su única desventaja -además de ser celosa- era la inconsistencia. En ocasiones, el pequeño droide tardaba horas en completar tareas en apariencia sencillas.
-Ya está, jefe –chilló-. Todos los sistemas de seguridad están desactivados. -Él hizo un par de preguntas más.
-No -respondió ella con recato-. No hay otra salida. Y tenéis a seis personas dentro.
-¿Disposición? -preguntó Tinian.
-Una habitación. Transmisor en la pared izquierda. Ocho sillas. No tropieces.
Chen tomó a Coqueta y se la entregó a Tinian. Coqueta zumbó a modo de protesta, pero si la necesitaban en el interior, Tinian –que tenía menos estatura- podía conectarla más rápido. El wookiee blandió su arma y ladró una orden.
La puerta se abrió. El brillo de la cirriniebla cobró vida en el pasillo. Alguien gritó.
Tinian se echó al suelo y se arrastró hacia adelante.
-¡Cuidado! -chilló Coqueta-. ¡Vas a hacerme un arañazo!
Chen contó hasta cinco. Luego saltó al centro de la puerta y se dio la vuelta, disparando ráfagas aturdidoras a cualquier cosa de color turquesa.
Los sunesis blandían armas primitivas. Para evitar los escáneres, observó con calma. Las flechas silbaron. Esquivó, giró, y siguió disparando.
Un disparo atravesó su bandolera hasta el pecho.
-¡Jefe! -chilló Coqueta.

***

Tinian chilló, también. Había perdido su casa, el amor y la familia. Si nunca volvía a apreciar nada ni a nadie -ni siquiera la supervivencia- el Imperio no podría hacerle daño.
Pero sin Chen, no tendría ninguna razón para seguir luchando. Dejó caer a Coqueta, se alzó y agarró su mísero bláster Merr-Sonn. La sangre brotaba del pecho canoso de Chen. Un palo de color verde oscuro sobresalía de la herida.
Sintiéndose más wookiee que humana, disparó ráfagas aturdidoras. La cámara era tan pequeña que apenas percibía la niebla.
-¡Cuidado! -gorjeó una voz a un lado-. ¡Hay dos!
Miró al alienígena de túnica plateada. Desarmado. Dos figuras turquesa tendidos en el suelo. Aturdidas. Pero otra estaba subida sobre una silla de metal, blandiendo un cuchillo tan largo como un antebrazo. Preparó sus piernas desgarbadas para saltar. Chen había avanzado a tientas por el suelo tratando de tomar el bláster que se le había caído.
Ella disparó. El extranjero se desplomó en el acto. Su cuchillo cayó sobre el suelo de piedra.
Un disparo de bláster pasó zumbando sobre su cabeza, no un disparo aturdidor difuso, sino uno enfocado para matar. ¿Y ahora quién...?
-¡Alto! -gorjeó la voz de nuevo-. ¡Dejadnos en paz!
Ella hizo girar su bláster, buscando ese objetivo final. La consola del transmisor, una pared de botones y diales primitivos, sobresalía un metro de la pared de roca.
Chenlambec se arrancó la rama ensangrentada. Su punta llena de púas brillaba con color rojo. Para alivio de Tinian, el wookiee rugió desafiante. La sangre manchaba su pelaje con puntas plateadas.
-Detrás del transmisor -gritó Tinian.
Chen volvió a rugir. Agarró el bloque del transmisor y lo arrancó. Tinian sorprendió a los sunesis restantes mientras su protección se estrellaba lejos.
-Ahora -jadeó, volviéndose-, nos ocuparemos de usted.
Agapos estaba inquebrantable. Ella tuvo que admirar su serenidad. Sobre sus ojos negros y redondos, crestas y bultos plateados destacaban en su piel color turquesa como si fueran joyas.
-Han puesto precio a tu cabeza -dijo, jadeando. El filtro de aire la estaba ahogando.
-Lo habéis ganado.
Chen gruñó.
-Vamos -tradujo Tinian-. Date prisa.
-Tu compañero está herido -trinó el sacerdote-príncipe.
-Cierto -espetó Tinian-. Cuanto antes volvamos a bordo de nuestra nave, mejor. -¿Y dónde estaban los medipacs en ese cubo oxidado?-. Muévete.
Chen rugió su acuerdo.
-Estoy dispuesto a morir -dijo Agapos con calma-, pero no me tomaréis prisionero.
Ella se apartó el pelo de la cara.
-No somos de esa clase de gente –insistió-, pero no tenemos tiempo para charlar.
El sunesi se dirigió hacia Chen. Casi babeante, Chen respiraba de forma profunda y agitada. El sunesi extendió una mano de color turquesa con cuatro dedos y cerró los ojos. Chen mostró los dientes.
Agapos tocó el pecho sangrante. Chen lo frotó. Luego susurró algo.
-Estás de broma –exclamó Tinian. Miró al sunesi-. ¿Qué has hecho?
-Mi último regalo para mi verdugo -dijo firmemente-, además del perdón. No tendrá ninguna cicatriz, salvo el recuerdo de su crimen. Si tuviera un arma, os dispararía a ambos. Al no tener ninguna, sólo puedo negarme a cooperar. -Levantó ambas largas manos por encima de su cabeza bulbosa-. Ganad vuestro dinero manchado en sangre, y matadme. Pero mis palabras pervivirán.
Era evidente que prefería que le pegasen un tiro a ir con un wookiee furioso y una chica humana medio loca.
Tinian apretó el dedo del gatillo.
-Como tú quieras. -Agapos se desplomó en el suelo. Chen agitó su cabeza peluda como si acabara de salir de un éxtasis. Ronroneó una pregunta.
-Estoy bien –espetó ella-. Vamos.
Recuperándose, él sacó un gran medyector de su bolsa bandolera. Extrajo 20 mililitros de la sangre color rosa brillante de Agapos y roció las sillas, las paredes y los restos del transmisor. Después de cerrar el colector, lo devolvió a su bolsa. Se cargó el alienígena aturdido sobre el hombro y corrió hacia el túnel.
Tinian recogió a Coqueta y lo siguió.
-¡La tierra! -chilló Coqueta-. ¡No os olvidéis de la tierra!
Tinian se detuvo en la entrada del túnel para recoger un puñado de tierra mezclada con sedimentos de cirriniebla. Si alguien los desafiaba, podrían demostrar que habían estado en la Colonia Kline.
Las luces de aterrizaje del Wroshyr se encendieron. La cirriniebla bailaba en sus rayos.
Daye habría dicho que era exquisito. Él tenía buen ojo para apreciar la belleza. Le había encantado cuando dijo que ella era adorable. Sus manos largas y fuertes la habían abrazado con tanta suavidad...
Ella nunca dejaría de llorarle. Nunca. Nunca. El rugido de Chen se escuchó por la escotilla.
-¡Ya voy! -Cegada por las lágrimas, avanzó a tientas hacia la luz-. ¡Ya voy, Ng'rhr!

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