lunes, 16 de diciembre de 2013

Engranajes en movimiento (y III)


Arvee observó las estrellas, puntos blancos contra el cielo negro. La mayor parte del polvo se había asentado, revelando que su bomba improvisada había acabado con bastantes soldados de asalto. Los cuerpos acorazados estaban dispersos entre los rebeldes abatidos, con los brazos y piernas formando ángulos extraños, como muñecos rotos. Tantos cuerpos...
El cuadrúpedo con aspecto de sapo tragó saliva. Había participado en tiroteos, pero no en ninguno con tantas bajas.
-¡Volved a la lanzadera! –ordenó a los rebeldes restantes-. ¡Moved los pies o ninguno de nosotros logrará salir de esta bola de polvo!
Todavía quedaban varias docenas de soldados de asalto a los que enfrentarse... fácilmente el triple de efectivos que los rebeldes que aún permanecían en pie. Pero Arvee confiaba en que sus hombres eran mejores que los impes. Inclinó la cabeza a un lado y escuchó lo que parecía un lamento incesante. Las motos deslizadoras habían alcanzado el extremo opuesto del paso. Estarían aquí en cuestión de instantes. El ruido era fuerte y de distintos tonos. Arvee juró para sí. Había más motos deslizadoras de las que había supuesto inicialmente.
-¡Daos prisa! –aulló a sus hombres. Se agazapó entre los cadáveres que llenaban el espacio entre las dos colinas, esperando que su coloración le ayudase a ocultarse. Arvee pretendía cubrir a los rebeldes que se retiraban, aunque sospechaba que su heroísmo le costaría la vida. Sabía que se llevaría consigo a muchos soldados de asalto, y rezaba por que suficientes rebeldes lograsen llegar a la lanzadera para tripular la nave e informar del incidente de Vengler.
Tras él continuaba el sonido de los rifles bláster. Ambos lados estaban disparando, dedujo, ya que los rifles de los impes tenían un sonido más agudo. Sonó otra explosión en la distancia. Arvee supuso que uno de sus hombres había fabricado una bomba improvisada con paquetes bláster. Débilmente, escuchó un grito de victoria. La voz era sullustana. Se permitió una débil sonrisa.
-Tal vez los bípedos puedan lograr escapar después de todo –susurró. Entonces las motos deslizadoras llegaron prácticamente a su altura, y pudo distinguir las formas de los soldados de asalto corriendo tras ellas-. ¿De dónde han salido todos esos impes? –Blandió su rifle prestado y comenzó a apretar el gatillo. Apuntaba a los motores de las motos en cabeza, y consiguió dos impactos antes de que los soldados exploradores se dieran cuenta de lo que estaba ocurriendo. Las motos chisporrotearon y tosieron y se llevaron a sus pilotos indefensos girando sin control por la colina-. Dos menos, quedan diez –gruñó mientras esquivaba un disparo del cañón de una moto y vio a otra moto dirigiéndose directamente hacia él-. Ah, ratas womp. Ese me ha visto.
Arvee salió disparado hacia su derecha justo cuando el cañón de una moto deslizadora vaporizaba el punto que había estado ocupando tan sólo un instante antes. Giró sobre sus patas traseras, alzó su rifle, y se sintió volando hacia delante. Un explorador en otra moto había pasado tras él, golpeando sonoramente el cráneo del cuadrúpedo con la culata de su bláster.
-Reunid a los prisioneros –escuchó a duras penas Arvee decir al soldado de asalto, mientras se sumía en la inconsciencia-. Tenemos mucho espacio para ellos en la nave.
Arvee se despertó en la bodega de carga, con las piernas esposadas a la pared. Le dolía la cabeza y le ardían los pulmones por inhalar todo ese polvo y el aire cargado de fuego bláster. Entrecerró los ojos en la tenue luz y trató de enfocar la mirada en sus camaradas rebeldes. Contó 20, todos esposados igual que él. Eso significaba que 130 habían muerto en la emboscada. Tal vez, si la Fuerza les acompañaba, algunos habrían escapado.
Meneó la cabeza.
-No se suponía que debía ocurrir así –murmuró.
-Desde luego que sí. –La voz, cortante y rezumante de arrogancia, provenía de una puerta en sombras.
Arvee miró a la oscuridad, y sus ojos separaron las sombras hasta que descubrieron el larguirucho cuerpo de un capitán imperial. El capitán sonrió y se acercó unos pasos.
-Vuestra información era incorrecta –dijo el capitán con aire arrogante-. Se proporcionaron informes falsos a vuestro droide espía, diseñados para que creyerais que sólo había un pequeño puesto junto a la mina.
-La base… -comenzó Arvee.
-Ya lleva bastante tiempo en Vengler –completó la frase el capitán.
-¿Por qué?
El capitán rio.
-¿Por qué tomarse todas estas molestias para vencer sólo a un puñado de soldados rebeldes? No sólo a uno. A docenas. ¿Sabes?, otras trampas están saltando mientras hablamos.
Arvee se hundió contra la pared.
-Tú, y los rebeldes capturados en nuestras demás operaciones, seréis llevados a una fortaleza en Wayland, donde seréis... –se detuvo, buscando la palabra correcta- expertamente interrogados.
-No obtendréis ninguna información de mí o de mis hombres –escupió Arvee.
-Oh, sí que lo haremos. Con el tiempo. Y eso ayudará a adelantar la caída de vuestra lamentable Alianza. No podéis ganar. El Imperio es demasiado fuerte, tiene tentáculos en todas partes. Ahora, si yo estuviera en tu lugar, descansaría un poco. Puede que esta sea la última noche de su vida en la que pueda dormir.

***

-Necesito dormir un poco. –Amalk se apartó del droide de protocolo negro y se pasó los dedos por el cabello que empezaba a ralear-. Llevo trabajando en ti toda la noche. –Echó un vistazo a la ventana del taller, donde la luz rosada del amanecer comenzaba a abrirse paso-. Sí, me tomaré un par de horas de descanso, y luego te daré un baño de aceite. Te pondré en el escaparate.
Hizo espacio para el nuevo droide. La fila de droides de protocolo de Amalk tenía un espacio vacío, justo en el centro. Las unidades de protocolo estaban apagadas, conservando su energía para el día que llegaba. Los astromecánicos habían terminado hace rato sus holojuegos y se habían unido al resto del inventario de Amalk en lo que podría llamarse dormir.
-Puedes quedarte despierto si quieres –dijo Amalk a su nueva adquisición-. Siéntete como en tu casa. Piensa en algún nombre para ti. –Bostezó y se frotó los ojos-. Echo una siesta y te veo luego.
Los ojos blancos del droide observaron cómo Amalk se dirigía a la habitación trasera. Su cabeza negra giró lentamente a un lado y a otro, examinando al conjunto de droides, advirtiendo que ninguno estaba activo, ni siquiera el explorador. Pero para estar seguro... El droide se deslizó detrás del mostrador, y recogió los pernos de contención que Amalk tenía allí para los clientes. Había justo los suficientes para los droides que consideraba una amenaza. Cuando hubo terminado, avanzó sin hacer ruido, siguiendo los pasos de Amalk. Cruzó la puerta, alzó su brazo derecho, y un estrecho rayo bláster salió disparado de la placa de su palma y golpeó al hombre en la espalda cuando este estaba apartando la colcha y metiéndose en la cama.
-¿Qué...? Amalk cayó de rodillas e inmediatamente rebuscó en su bolsillo su única arma, un pequeño bláster que siempre tenía con él por si alguien trataba de atracar su tienda. Lo liberó y apretó los dientes mientras se volvía a enfrentarse al intruso. El dolor de la herida renovó su intensidad al moverse, y se mordió el labio inferior para evitar gritar. Entonces se quedó boquiabierto al ver al droide de protocolo negro apuntándole.
-¿Tú? –Amalk disparó. El rayo de su arma rebotó en el metal brillante y se perdió lejos sin causar ningún daño. Volvió a disparar una y otra vez mientras el droide se acercaba.
-No –dijo el droide.
Era la primera palabra que Amalk escuchaba decir al droide. Debe de haber conectado su vocabulador, pensó¸ mientras estaba ocupado limpiando mis herramientas. Pero, ¿por qué? Le he borrado la memoria. Es un droide de protocolo. No un asesino.
-No –repitió-. No te mataré con este bláster. Habría demasiadas preguntas. –Su cabeza angular giró sobre su cuello, y sus ojos blancos se fijaron en la cuba donde los droides de Amalk recibían sus baños de aceite-. Sí.
Amalk reptó hacia la puerta trasera, con movimientos lentos debido a su edad y al dolor. El droide le siguió y le detuvo agarrándole del hombro con su fuerte mano. El hombre luchó por zafarse, pero el droide le tenía bien sujeto, y luego, bajando una mano al otro hombro, lo levantó en vilo sin esfuerzo.
-¿Qu-qu-qué eres? –tartamudeó Amalk.
-No un droide de protocolo, no nada que puedas poner en un escaparate y vender como un espía. –Los ojos del droide brillaron-. Ya soy un espía. Y sirvo a un amo mucho mejor que tú.
-El Imperio –dijo Amalk.
El droide asintió.
-Pero te borré la memoria.
-¿Pensabas que sólo tú podrías crear un programa tan complejo, tan profundo, que no pudiera ser detectado, ni borrado?
-Alguien me descubrió.
-Y alguien ha estado deshaciendo lo que tú has hecho.
Amalk lloró abiertamente.
-La Alianza. ¿Qué es lo que he hecho?
El droide lo transportó al baño de aceite, lo dejó caer en la cuba, y sostuvo su cabeza por encima de la superficie negra como la tinta.
-Tu sobrino llegará mañana al espaciopuerto y descubrirá tu cuerpo. Un accidente. Te ahogaste mientras tratabas de ayudar a un astromecánico a salir de la cuba. Tu sobrino Eld heredará tu tienda y tu inventario. Seguirá donde tú lo dejaste: vendiendo droides que espíen para los militares. –El droide empujó la cabeza de Amalk bajo la superficie y mantuvo ahí al viejo mientras este se debatía débilmente-. Pero venderá a una clientela distinta. Y será el Imperio quien se beneficie de la red de inteligencia.
Los esfuerzos de Amalk cesaron y el droide soltó el cuerpo. Se limpió las manos en una toalla y volvió a la tienda, ocupando su lugar en la fila de los droides de protocolo.
Se apagó.
Y esperó.

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