miércoles, 22 de mayo de 2013

Potencia de fuego (y V)


-¿Buenas y malas noticias otra vez? -preguntó Ketrian cuando Mak regresó por segunda vez-. ¿Dónde está Uskgarv?
-Muerto -dijo, pareciendo complacido y triste a la vez-. Ahí fuera sólo hay unos pocos myills y sus jefes. Están arrancando cualquier cosa de valor y metiéndolo todo en un carguero. Han caído presos de auténtico pánico. Hay naves de ataque dirigiéndose hacia aquí. Rescatadores imperiales, supongo. Te pondrás bien, Ket. Tan pronto como aseguren el transporte, tendrás ese antídoto.
-¿Y qué pasa contigo? -preguntó ella, apretando su brazo.
Él se encogió de hombros:
-Me atengo al plan A. Me oculto aquí, esperando que me cuenten entre los muertos, y luego abandono la nave en la primera ocasión que se me presente.
-Yo no quiero volver al Imperio –repitió-. Pero aún más, no quiero volver a dejarte. -Lo besó-. ¿Dices que esas inyecciones que el médico de la nave me ha estado poniendo eran para mantener el envenenamiento bajo control? -Él asintió con la cabeza-. Bien, entonces. A mí me parece que ya no es demasiado peligroso salir ahí fuera. Iré hasta la enfermería. Sé lo que me han estado administrando. Tomaré un montón de eso y lo traeré de vuelta aquí. Entonces podré quedarme escondida contigo.
Él la miró fijamente.
-No lo sé. Suena arriesgado.
-La vida contigo es siempre arriesgada –dijo-. Así es como lo quiero. No voy a aceptar un no por respuesta. No somos sólo nosotros... puedo dar mi nueva aleación a la Alianza. Por Ali.
Él le sostuvo la mirada durante un buen rato, y luego dijo asintiendo en silencio:
-Por Ali. -Ketrian intentó moverse hacia adelante y él la tomó del brazo, sosteniéndola-. Ahí fuera dimos muchas vueltas por los pasillos. ¿Podrás encontrar el camino?
Ella le dedicó una sonrisa irónica.
-Me he familiarizado bastante con este nivel recientemente. Debo de haber recorrido cada pasillo una docena de veces, tratando de reunir el valor para hablar contigo, y tratando de pensar qué decir cuando lo hiciera. Sólo tengo que regresar al pasillo principal y luego ir hacia proa y subir dos niveles hasta la enfermería. La conozco bien, también. No te preocupes, la encontrar, incluso con todo el aire turbio y la iluminación de emergencia.
Makintay asintió y la ayudó con el acceso. Mientras trabajaba para abrir la cubierta, Ketrian comprobó los bolsillos de su mono.
-No voy a salir ahí fuera sin un cuchillo -le dijo mientras él se volvía hacia ella-. Podría cruzarme con algunos de tus amigos piratas merodeando en los niveles superiores.
-Sí, podríamos -dijo, acentuando con firmeza el plural. Acarició la pistola de su cinturón-. Esto resultará útil y tal vez podamos encontrar una para ti también. -Hizo ademán de bajar al pasillo pero ella lo agarró.
-No, Mak –protestó-. Por favor, quédate aquí. Corres demasiado peligro ahí fuera. Si el Imperio vuelve a apresarte... -Se estremeció y apartó la mirada-. Pedrin se jactó de lo que iban a hacerte en Coruscant.
-Me imagino -dijo Mak con amargura. Le levantó la cara hasta que sus miradas se encontraron-. De ninguna manera vas a andar por ahí sola y enferma. No hay problema. Soy un alférez naval –dijo, golpeando la insignia de su túnica-. Lo pone aquí. Este chico y todos sus amigos están muertos. Desapareceré mucho antes de que nadie lo organice todo para hacer una verificación de identidad. -Ella frunció el ceño con incertidumbre y añadió-: Confía en mí.
Ella puso los ojos los ojos en blanco.
-Ya sabía que no podrías aguantar mucho más tiempo sin decirlo. Está bien, está bien, tú abres la marcha, entonces. Cuanto antes consigamos esa medicina, antes podré devolverte a tu pequeño y acogedor escondite.
-Siempre te metes con mi gusto para la decoración de interiores -se quejó, fingiéndose insultado-. Soy yo el que se crió en un palacio.
-Oh, perdóneme, Su Alteza –dijo ella, y se rió. Mak se deleitó con el sonido. Saltó afuera, se volvió y la tomó en sus brazos, disfrutando de esa sensación tanto como lo había hecho de su risa. ¿Cuánto tiempo había esperado para abrazarla, ansiado oír su risa? ¿Se vería pronto obligado a desprenderse de ella de nuevo? ¿Debía permitirle que se arriesgase a esconderse con él, y que la arrestasen y la acusasen de traición si la encontraban con él? Emociones conflictivas y argumentos se agolpaban en su mente, mientras abría cautelosamente la marcha hasta el final del pasillo. Allí, se detuvo y miró a la vuelta de la esquina.
El gas metano parecía irse despejando, aunque todavía era mejor que usasen máscaras de respiración. Por delante había otro pasillo bañado en una tenue luz roja. Cuerpos ensangrentados llenaban las planchas de la cubierta. El silencio sólo era roto por esporádicos sonidos apagados de fuego bláster. Ketrian tenía razón: cualquier pirata perdido fácilmente podría verse obligado a retroceder por ahí. Era mejor que él y Ketrian permanecieran alerta.
Cuando entraron en el pasillo principal, fueron arrojados al suelo por la onda expansiva de una explosión en alguna parte por encima y delante de ellos.
-¿Qué ha sido eso? -jadeó Ketrian presa del pánico mientras apoyaba las manos en el suelo para sentarse junto a Makintay.
-Probablemente, tácticas piratas estándar -le dijo-. Una trampa en las escotillas. Ahora que pienso en ello, será mejor que también evitemos los turboascensores.
Ketrian gimió.
-¿Escaleras? ¿Dos niveles completos? -Ya estaba sin aliento y terriblemente débil mientras él la ayudaba a volver a ponerse en pie.
-No vas a tener que subir nada -dijo Mak-. Yo te llevaré.
-No, no lo harás -se negó ella-. Sujeta bien esa pistola. Uno de nosotros tiene que estar listo para luchar. Yo no estoy en condiciones de utilizar este cuchillo.
-¿Tú? –bromeó-. ¿La dama que puede arrancar el ala de un insecto a cien pasos? Bueno... –Se tocó con el dedo índice la cicatriz debajo del ojo-. Por otra parte, recuerdo que tienes tus días malos.
Ella reprimió una sonrisa.
-Nunca vas a dejar que me olvide de eso, ¿verdad?
-No -sonrió, pero la sonrisa se desvaneció mientras le sostenía la mirada y decía en voz baja-: Todos esos largos meses de prisión, esta cicatriz era todo lo que tenía para recordarte.
-Oh, Mak -susurró. Tiernamente trazó la marca que le había hecho en un accidente causado por los celos-. Si yo hubiera sabido dónde estabas. Habría conseguido sacarte de allí. Te lo juro.
-Sé que lo habrías hecho. -Él le besó los dedos. Ella temblaba por escalofríos causados por la fiebre-. Pero ahora soy yo quien tiene que sacarte de aquí. Vamos. Apóyate en mí.
Agradecida, ella lo hizo. Más tarde, a medio camino de una escalera, se desmayó y estuvo demasiado débil para soltarse cuando él insistió en cargar con ella. En la puerta de salida la dejó suavemente sobre sus pies.
-Espera aquí -aconsejó él-. Voy a echar un vistazo fuera. Estoy seguro de haber oído algo. Parecían soldados.
-Entonces debería ir yo y tú esperar aquí –jadeó ella.
-No –repitió él. Entró a toda prisa por la puerta antes de que ella tuviera la oportunidad de seguir discutiendo. Distraído de ese modo, no pudo ver al hombre que se escondía agachado en un rincón lleno de humo al final del pasillo. Un disparo de bláster pasó silbando a escasos centímetros por encima de su hombro izquierdo y dejó un agujero chamuscado en el mamparo detrás de él. Instintivamente se arrojó cuan largo era al suelo y rodó buscando refugio al otro lado, mientras otra andanada de disparos bláster lo perseguía.
-Mak –llamó Ketrian llena de miedo-. ¿Estás bien?
La puerta de la escalera se abrió aún más. Ketrian no era tan tonta como para dejarse ver, pero Mak sabía que su miedo por él podría hacerla salir.
-Quédate ahí –gritó hacia ella, incapaz de verla desde su posición. Tal vez los piratas se volverían y escapasen si les daba la motivación suficiente. Se asomó y disparó algunos tiros, obteniendo una visión fugaz de sus objetivos mientras trataban de ganar terreno hacia él a través de la penumbra. No eran piratas, y tampoco soldados de asalto.
-¿Qué dem...? -murmuró Mak, perplejo y lleno de esperanza al mismo tiempo. Esos uniformes... Se arriesgó a asomar la cabeza para echar otro vistazo y casi consigue que se la vuelen-. Hey –exclamó-, sois rebeldes.
-Puedes apostar a que lo somos -gritó una voz familiar-. Si quieres seguir de una pieza, impe, más vale que tires la pistola al pasillo y salgas con las manos en alto. Ya.
-Vale, vale -dijo Mak alegremente-. Me rindo. Tú ganas, Hal. Soy yo. Mak. Voy a salir. No me dispares. -Apartándose la máscara de respiración de la cara y con una sonrisa de oreja a oreja, tiró la pistola al suelo y salió al pasillo.
-Soy yo. Makintay -repitió, con las manos por encima de su cabeza-. No quedaría muy bien en tu expediente si disparases a tu líder de escuadrón, teniente Dallin.
-Mak -exclamó feliz el piloto al reconocerle-. Eres tú, ¿no es así? ¿Qué estás haciendo con ese uniforme?
-Por supuesto que soy yo. -Mak rió, cada vez más cerca, pero sin atreverse a bajar los brazos-. El uniforme me queda mejor que un traje de presidiario. -Más hombres salieron detrás de Dallin-. Keto, Erik -saludó Mak-. Por una vez, Inteligencia finalmente os ha enviado al lugar correcto, muchachos.
-Inteligencia, bah -resopló el copiloto de corbeta Keto-. Hemos estado esperando cruzarnos en tu camino desde que supimos que te habían capturado y enviado fuera. Encontramos esta nave a la deriva por nosotros mismos. -El hombre negro, grande y corpulento, dio un toque al boquiabierto Dallin-. Creo que será mejor que le digas que puede bajar las manos antes de que decida degradarte, Hal.
-Uh, sí, claro -murmuró Dallin.
-¿Mak? –exclamó Ketrian desde la salida de la escalera-. ¿Qué está pasando ahí fuera?
-Hemos sido rescatados, Ket -gritó, moviéndose hacia ella-. Sal y conoce a mis amigos.

***

Makintay se inclinó sobre el hombro del médico rebelde y observó como la hipodérmica descargó su contenido en el brazo de Ketrian.
-¿Estás seguro de que es el material adecuado? -preguntó Mak con ansiedad.
El rebelde de pelo gris suspiró profundamente.
-Soy médico. He sido entrenado específicamente para tratar este veneno. ¿Y tú?
-Sólo quería asegurarme -dijo Mak. Se volvió hacia Ketrian, que yacía cómodamente recostada en la cama de la enfermería-. ¿Cómo te sientes? Todavía estás pálida.
Ketrian sacudió la cabeza alegremente, extendiendo su mano y colocándola en la palma de la mano de Makintay.
-Me siento mejor de lo que estarás tú si sigues molestando al médico. No puedes esperar que el antídoto haga efecto tan rápido.
-¿Por qué no? –dijo. Se volvió al médico-. ¿Cuándo podrá ponerse en pie de nuevo?
-Mak -le reprendió Ketrian-. Deja de quejarte y deja que el pobre hombre atienda a los heridos. Estoy bien y no voy a ocupar esta cama cuando hay otros que la necesitan más. –Se incorporó, sentándose en la cama.
-Gracias, señorita Altronel -dijo el médico con una sonrisa-. Tal vez pueda hacer que el comandante la acompañe de nuevo a su cabina. Debería sentirse mucho mejor para cuando aterricemos en el Nido de Águilas.
-¿Nido de Águilas?
-Tu nuevo hogar -le dijo Mak. Se inclinó para deslizar sus brazos debajo de ella y recogerla-. Te va a encantar. Cálido y soleado. Y tenemos nuestra propia playa.
-¿Playa? -dijo, complacida. Entonces se acordó de protestar-. Déjame en el suelo. Puedo caminar.
-Ah-ah -negó él, besándole la coronilla-. Guarda tu energía. La necesitarás cuando los peces gordos descubran ese pequeño regalo que llevas en el bolsillo para ellos.
-Oh, la aleación -se rió-. Eso es lo que empezó todo esto y casi me olvidó de ella. ¿Te he dicho que podría ser utilizada para aumentar la potencia de fuego de vuestros alas-X? -Él casi se detuvo, sorprendido mientras la llevaba por el pasillo. La miró y sacudió la cabeza-. Bueno, pues puede. No directamente, ya entiendes. Todo tiene que ver con la absorción de calor. Si reemplazamos con ella las puntas de los cañones láser, debería...
Escuchando, Makintay sonrió. Se preguntó cuántas mejoras más inventaría en todos los años que tendrían juntos… si la Fuerza les acompañaba.

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