viernes, 20 de julio de 2012

La Tribu Perdida de los Sith #8: Secretos (I)

La Tribu Perdida de los Sith #8: Secretos
John Jackson Miller

Capítulo Uno
3000 ABY

Como todos los Sith en Kesh durante la Edad de la Podredumbre, la familia Hilts tenía ambición. Era sólo que nunca se les había dado bien la puesta en práctica.
El padre de Varner Hilts se pasó años ganándose la confianza del líder de la facción local en Beray. Tuvo mucho cuidado en la selección de la hoja shikkar destinada a la espalda de su señor. Sin embargo, el anciano Hilts tuvo algo menos de cuidado en la fijación de la vaina de la daga, y la hoja de vidrio se cayó de su cinturón y se enterró en su tobillo. Murió consumido por la gangrena tan sólo un mes después, un periodo de tiempo misericordiosamente breve durante el que tuvo que soportar el apodo de "Hilts el resbaladizo"1.
Sin inmutarse, la viuda Hilts siguió adelante, y a la semana siguiente puso al líder la facción en el punto de mira de sus dotes de seducción. Sus esbirros la condujeron cuidadosamente a los aposentos privados del líder en una gigantesca urna ceremonial. Desafortunadamente, la tapa era terca, y nadie le había dicho que el líder iba a pasar todo el mes en una campaña militar por las tierras altas. Sin embargo, ella logró su sorpresa, si el horror de los empleados de limpieza contaba.
Varner Hilts había vivido más tiempo que cualquiera de ellos, ascendiendo en silencio –aunque inofensivamente- a una posición de responsabilidad dentro de la tribu. Había trabajado todos los días en el palacio más grande del continente... y había visto el Testamento de Yaru Korsin no una, sino dos veces. Se había aventurado más cerca de lo que nadie había hecho en años al Templo que contenía el Presagio, la nave que había traído a Korsin y a la Tribu Perdida hasta Kesh.
Y ahora estaba a punto de ser asesinado por una planta.
-¡Jaye! ¡Jaye! –gritaba Hilts, luchando boca abajo dentro de una red espinosa de enredaderas. Cada movimiento hacía que las ataduras se apretasen más alrededor de los miembros del anciano. Vio a su asistente, mirándolo desde lo alto de la piedra cubierta de trenzas verdes-. ¡Jaye, corta las ataduras!
Sus ojos negros parpadearon.
-¿Con qué, Cuidador?
-¡Con lo que sea!
-¡Oh! -El keshiri de rostro púrpura desapareció por un instante, antes de reaparecer con su cartera-. ¡El sable de luz que encontró!
-¡Rayos, no! - Hilts estiró los dedos de su mano libre, presa del pánico. Como era de esperar, Jaye sostenía el arma por el extremo equivocado-. ¡Vas a matarte al encenderlo!
Jaye se arrodilló cerca de donde Hilts estaba colgando.
-¿Entonces se lo paso a usted?
-No. Mira, ve a buscar una piedra afilada -dijo Hilts, acomodándose lo mejor que pudo en su prisión con nudos-. Yo... me quedaré aquí esperando.
Hilts escuchó cómo el keshiri salía disparado y se maldijo a sí mismo por su plan salvaje. Nadie se había atrevido a acercarse al Templo de montaña durante siglos... ¿y ahora un archivero de sesenta años de edad, y su cobarde secretario iban a hacerlo? ¿Durante una semana, nada menos, en la que todos los asentamientos del continente de Keshtah hervían con convulsos disturbios?
Hilts negó con la cabeza, haciendo caso omiso de los arañazos de la enredadera que le rodeaba por debajo de la barbilla. ¡Había sido una locura hacer el viaje!
Y el viaje había sido desesperante. Hilts regresó primero a su museo en la ciudad capital de Tahv, donde había conservado durante mucho tiempo los antiguos mapas del Templo del Presagio. Pero los saqueadores habían asaltado el palacio, quemando cada trozo de pergamino de los archivos. Todo lo que podía romperse se había roto. La visión de los Tubos de Arena destrozados hizo que a Jaye se le saltaran las lágrimas.
Hilts estaba preparado para eso. Los alborotos auto-destructivos habían sido constantes desde que la Tribu descubrió que sus antepasados no habían sido conquistadores, sino esclavos de alienígenas. Sin embargo, la visión de tantos cadáveres tirados en las calles le había desconcertado. Ningún Sith contemplaba una sola vida como algo precioso, pero su especie como un todo ciertamente lo era. Al principio, los supervivientes del Presagio habían sido muy pocos. ¿El crecimiento de cuántas generaciones se había perdido? ¿Podría recuperarse algún día?
El Templo prohibida podría ser la solución... pero antes Hilts tenía que llegar hasta allí, evitando las bandas errantes de matones Sith en su frenesí asesino. Por eso había llevado a Jaye consigo. Las familias keshiri que antes adoraban a los seres humanos ahora los temían; Nadie le habría dado cobijo. Sin embargo, cualquier Sith que viajase con el inofensivo Jaye Vuhld probablemente no sería un loco homicida. Se habían refugiado en chozas keshiri durante las horas de luz del día, avanzando hacia el oeste por la noche.
El viaje era largo, pero necesario: el Templo se alzaba en lo alto de las Montañas Takara en el extremo norte de una larga península que corría paralela a la parte continental. Habría sido un breve salto sobre el lomo de un uvak... pero nada haría que Hilts montase en la espalda de una de las bestias voladoras. Habían tomado el camino más largo a lo largo de la costa sur antes de subir por la hostil lengua de tierra. Allí no había refugio, ni sustento; daba lo mismo, ya que Hilts solamente había probado el ácido de su propio estómago desde que comenzaron los disturbios. Finalmente, llegaron a la base de Los Bloques, gigantescas barreras de granito encajadas en un estrecho paso por Nida Korsin para evitar que nadie pueda acceder a pie a las alturas prohibidas. Cada cubo de diez metros de altura, daban la impresión de ser una escalera para los dioses... un obstáculo formidable, desde luego. Pero en algún momento de los siglos transcurridos desde entonces, un resistente follaje había tomado raíces en las grietas de las piedras... fuertes enredaderas, que proporcionaban un camino hacia arriba.
O una manera de colgar boca abajo hasta desangrarse y morir, pensó Hilts. Miró hacia arriba. ¿Dónde estaba ese maldito keshiri?
Una luz brilló en el cielo. Sus ojos cansados se enfocaron. ¿Un reflejo? Pero, ¿de qué?
-¡Aquí, Cuidador!
Tan pronto como Hilts escuchó la voz chillona, sintió un violento tirón, y luego fue arrastrado por las piernas contra la pared de Los Bloques.
-¡Jaye! ¿Qué estás haciendo?
El keshiri gruñó, tirando de una maraña de enredaderas enrollada alrededor de sus dedos delgados. Hilts se enderezó y se encaramó en lo alto de la barrera, donde pasó un minuto recuperando el aliento. Dándose la vuelta, vio que Jaye había encontrado una serie de hoyos de poste en la superficie de la piedra. Cada uno de los agujeros, que habrían servido como base a algún andamio algunos siglos antes, era lo suficientemente grande como para acomodar un pie keshiri, permitiendo que el frágil empleado tuviera alguna ventaja mecánica al hacer subir a su amo por la pared.
-Esta... es la última barrera -dijo Jaye, limpiándose la sangre de las palmas de sus manos y mirando detrás de ellos. Un modesto sendero descendente conducía a un camino abierto que ascendía por la quebrada... hacia el Templo de la montaña, más arriba.
Pero algo aún más arriba mantenía la atención de Hilts.
-¡Mira allí!
En el cielo del este, una uvak batía sus alas y trazaba un arco descendente hacia el Templo. Hilts entrecerró los ojos. Había un jinete sobre él. Otro destello de luz: un reflejo, como antes. En la escasez de metales de Kesh, eso generalmente significaba una cosa: la empuñadura de una espada de luz.
Hilts frunció el ceño y miró hacia el Templo.
-Será mejor que continuemos.
Poniéndose en pie, retiró los fragmentos restantes de enredadera de su corpulenta figura. Con renovado ímpetu, dio un paso adelante...
...directamente en un agujero de poste.
-¡Cuidador!
El granito se sentía fresco contra el rostro de Hilts.
-He decidido, Jaye... que primero... vamos a descansar aquí... durante un rato...
El keshiri no discutió.

Debes terminar la labor de sacar la tribu de esta montaña. Nuestro destino, por ahora, reside en gobernar la parte de Kesh que vive...
Así que Yaru Korsin había dado instrucciones a su hija en el Testamento, y su decreto había sido obedecido. Obedecido, y respetado, por un pueblo que no respetaba nada. Hilts se maravillaba mientras salía del rocoso camino a la piedra azotada por el viento del lugar. Los Sith buscarían cualquier ventaja que pudieran encontrar en sus disputas, sin embargo, nadie había regresado aquí nunca, que él supiera. Podría han sido la superstición, pero Hilts consideró que era más probable que hubieran comprendido la inutilidad de volver. ¿Que ventajas podrían encontrarse aquí que Korsin y los demás pasajeros del Presagio no hubieran tomado ya?
Y, sin embargo, esa era su misión. Miles de metros más abajo, en todo el continente hacia el este, su civilización estaba en el proceso de exterminarse a sí misma. Veinte facciones enfrentadas ya habían destruido el estado Sith. Pero la revelación de su origen común -y humilde- había dejado cada alma humana desarraigada y abatida. Se podía sobrevivir a un millar de años de esclerosis, pero no a otra semana de auto-mutilación.
¿Qué puedo encontrar aquí que nadie haya encontrado antes?, volvió a preguntarse Hilts mientras miraba las torres gemelas que flanqueaban la residencia real muy por delante. Sin duda, la vanidad le había llevado a esto. Pero tal vez no fuera un sueño tan loco. Todos los demás habían buscado aquí un arma, alguna tecnología antigua de las estrellas. Hilts estaba buscando un mensaje. Algo que Korsin había insinuado en sus últimas palabras, algo que podría conducir a la Tribu de nuevo a un camino singular. El verdadero poder reside tras el trono, había dicho Korsin. En caso de que ocurra un desastre... ¡recuérdalo!...
Jaye entró temeroso en la terraza sur del lugar sagrado. Ruinosos edificios de piedra se alineaban a los lados, desgastados por el viento, el sol, y el abandono.
-Es más grande de lo que me imaginaba, Cuidador.
-Está bien -dijo Hilts, ignorando su tobillo dolorido mientras se dirigía con confianza hacia delante-. Sé dónde estamos.
Y así era. Ahora no tenía los mapas, pero habían estado con él durante años. Se había aprendido de memoria esta terraza inferior, donde había vivido el personal de servicio. Al norte, más allá de los establos de uvak, estaban las escaleras a la terraza intermedia, con su academia de entrenamiento, dormitorios, almacenes y sala de oficiales. Subiendo más escaleras estaría la columnata exterior, donde Yaru Korsin había mantenido su corte pública. Luego, finalmente, el cuadrángulo de la plaza principal, formado por la residencia real al oeste, la torre de vigilancia y la caseta de guardia hacia el este, y la cúpula del Templo hacia el norte. Parte de la plaza superior se encontraba de hecho asentada sobre el venerado lugar de descanso del Presagio; la estructura se había construido alrededor y por encima de la nave dañada, para protegerla.
Sólo pensar en el Presagio trajo más ímpetu a los pasos de Hilts. Ni siquiera palideció cuando vio la cantidad de escaleras hasta la terraza media. Cualquiera que mirase el edificio desde lejos asumiría que había sido construido por una cultura que adoraba escalar.
Y en efecto, así había sido.
-Vamos, muchacho -dijo Hilts-. Mantén el ritmo.

El cuerpo había sido asesinado recientemente. Una cuchillada rápida, torpe, en la garganta había sido el final del uvak. Hilts estudió la apestosa bestia que se cocía al sol del mediodía. Sin duda era la criatura que había visto acercarse... asesinada aquí, justo en el centro de la terraza.
-Creo que los establos no eran del agrado de nuestro visitante -dijo Hilts.
Jaye se acurrucó detrás de él.
-¿Quiere... quiere usted el arma?
Hilts miró a su alrededor, sintiendo a través de la Fuerza. Había algo allí.
-Sí –dijo-. Dámela.
Jaye buscó a tientas en el interior de la mochila y extrajo el sable de luz. Hilts no había tenido uno como Cuidador -¿de qué le habría servido?- pero en su huída de Tahv le había robado uno al cadáver de un gigantesco guerrero. Nunca se sabe lo que puede resultarte útil.
-¿Sabe usted cómo se usa? -preguntó Jaye.
-Por supuesto. Ponlos de pie justo frente a mí, y la encenderé.
La frivolidad no alivió la inquietud. Hilts tampoco tenía práctica en el uso de la fuerza para la defensa. Como niño, había tenido la misma formación que cualquier otro miembro de la Tribu, pero aparte de desviar trozos de al caer, en las últimas décadas había hecho poco uso de las manifestaciones físicas de la Fuerza.
Sin embargo, reconocía un mal presentimiento cuando lo sentía... y esto no era más ácido en su garganta. De hecho, reconocía este ardor en particular...
-La cámara de oficiales -dijo Hilts, detectando la fuente de la punzada más adelante-. Quédate fuera. Si escuchas problemas, corre y no regreses jamás.
Puede que no hubiera estatuas de Seelah Korsin en el palacio de Tahv, pero la figura en el bajorrelieve tallado fuera del hospital era inconfundible. Como esposa de Yaru Korsin, Seelah era la Madre de la Tribu; pero antes de eso, había sido la esposa de Devore Korsin, y la madre de un traidor. Hilts nunca había visto ninguna representación de Seelah, pero mirando la piel suave, el cabello peinado, y la figura perfecta en el mármol, sabía que había visto a su hermana gemela... y recientemente.
-Iliana Merko -gritó, dando un paso a través de la puerta-. Soy el Cuidador Hilts. Sé que estás aquí. Creo que deberíamos hablar.

1 Juego de palabras. En inglés, Slippery Hilts = Empuñaduras resbaladizas. (N. del T.)

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